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10 Momentos Que Resumen Básicamente Tu Experiencia De Por Que Mi Perro Tiene Canas

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Un vagido de vaca súbitamente muerta exhaló la naturaleza cuando llegó la plena oscuridad al monte. De sus entrañas de barro y espinas brotó su quebranto último y un apurado y grueso tufo agrio de hierbas aplastadas, de troncos podridos por las tantas aguas, explotó como una enorme burbuja en los cielos próximos a los novatos pescadores.
El mal aliento pareció bañarlos como una catarata de aguas lentas y espumosas.
El calor padecido durante el día amenguó apenas.
El niño Ignacio elevó la vista de las tantas manos afanosas para mirar a su alrededor. Salvo los puntos blancos perforando el firmamento, y quizás la luz intermitente de las luciérnagas internándose en el enjambre tupido de los matorrales, la noche se le mostró cerrada por los bultos de las sombras en el horizonte y densa por el hedor consistente.
Apenas alcanzaba a ver la pequeña plataforma de laja como una isla en la inmensa bóveda oscura.
Los ágiles murciélagos estarían revoloteando entre las hojas tiernas de los grandes árboles con hojas dulces.
Y los silentes zorros habrían salido de caza por los gallineros de los rancheríos pobres.
Después de tanto martirio propinado por el sol durante el largo día, otra vida se ponía en marcha intensa en ese mismo instante de penumbras.
El lomo del río, surcado de gruesos músculos de piel brillante, corría presuroso a encontrarse con su destino de mar muy al sur del continente.
Sus aguas casi calmas, las de la tibia orilla, lamían la laja.
-No hace falta tanta mecha, pu -se molestó Richar y alejó su rostro del círculo de amigos-. Queremos que reviente antecitos que toque el agua. Parecen norteños, ustedes. ¿Dónde han visto que el fuego arda sumergido?
-En los cuentos de la profesora Inés -bromeó Raúl-. Ahí puede pasar cualquier cosa.
-¡Qué sabe ella de esto!
Ignacio vio que Richar arrancaba la mecha larga de la dinamita y de un tajo de machete sobre la laja la partía en dos. Con esa misma premura en los dedos intentaba incrustarla en el exacto lugar, pero algo se lo impedía y lo fatigaba. La aproximó a sus ojos para observarla mejor. También quiso estudiar el cartucho.
De inmediato se mostró agresivo.
-Encendé un fósforo, tú -le reclamó con malos ojos-. Siempre tienes la boca abierta. Ya te he dicho que pareces un sapo, pero nada. Acércalo a mis manos, che. ¿Crees que de gana quiero verte la cara? ¡Si todos los días la veo!
Ignacio se apresuró a encender el fósforo. Lo aproximó a los ojos del enojado pero pronto se le apagó. Los demás irrumpieron con risotadas. Al instante encendió otro y le hizo pantalla con las manos nerviosas.
Pero Richar ya lo miraba furioso.

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-¡Puchas, ni para encender un palo estás vos! De gana vienes. ¿Acaso no llevamos el pescado al canchón de Raúl? Allí deberías estar calentando la parrilla. Aquí estorbas, nada más. ¿Ves? Se apagó. Vení tú, Julián. Vas a sostener el fósforo.
¡Qué inutilidad, che!
Julián encendió el fósforo con gran habilidad.
La menuda llama anaranjada temblequeó, luego por fin se estabilizó y las miradas expectantes esbozaron una pronta sonrisa de alivio.
Richar Marañón manipuló la mecha en la dinamita dificultosamente y con el ceño fruncido.
El fósforo se consumió.
Una lluvia de otros tiempos se había precipitado con autoridad sobre el pueblo dos días atrás. A su raudo paso por las colinas del monte arrastró sin más con los nidos de las palomas terrestres, con las madrigueras de los zorros, con las pieles viejas de las víboras, y deshizo el arte de las arañitas besuconas y el refugio de los colibrís. El agua bajó demoliendo arena roja y toda la vegetación seca descolgada de sus troncos. Continuó sus múltiples y desordenados caminos recorriendo la plaza del pueblo y aterrorizando a los sapos negros de motas amarillas, a los conejos silvestres que ya no hallaron nunca más sus cuevas y a las tres muías amarradas al tronco del algarrobo y del churqui, que terminaron al galope asustado rumbo al Pajonal.
Siguió lloviendo. En la copa de los árboles se espantaron los tucanes que tan plácidos sabían navegar los profundos cielos celestes y diáfanos, en absoluta armonía con las grandes mariposas amarillas.
El agua bajó la pendiente del pueblo por las calles que se orientaban al río metiendo la bulla del fin del mundo, volteó los maceteros coquetos de las aceras, descendió abruptamente por la ladera espinosa y fue a estrellarse contra las grandes piedras volcánicas, acaso de aquel tiempo remotísimo sin vida humana, ennegrecidas, hostiles, en la ancha ribera del río.
El río se enturbió. En su lomo corrientoso le nacieron venas gruesas y vigorosas capaces de ahogar caballos con jinetes audaces en su temerario afán de cruzar a la banda del frente.
Nadie iría a atreverse.
Sobre la piedra de laja, anaranjada y blanda, se afanaban los amigos en medio de carcajadas sueltas y nerviosas.
Richar Marañón pareció contento con su trabajo. De todas formas, le quedaba una pizca de ira para arremeter nuevamente contra Ignacio.
-¿Cuándo diablos vas a aprender a hacerlo con dinamita? La caña de pescar ya no te sirve sino en la fuente de la plaza, para las sardinas. Si estás antojado de un dorado, tienes que meterle a lo hombre. Tomá este cartucho y prepáralo vos. No está bueno que siempre comas sin sudar. Aquí tienes media mecha. Hacelo bien para que reviente donde debe ser. Cuidado con equivocarse. Tu madre te puede volver a sonar con trapo mojado como el otro día.
-A vos tu padre te suspende a patadas siempre – contestó Ignacio.
-¡Es un viejo borracho! Ni caso que le hago.
La turbulencia del río movía las piedras grandes de su lecho. El lomo corcoveaba, daba de pequeños brincos arrojando espuma, parecía tranquilo cuando cruzaba bajo la fronda amplia del sauce llorón bastante inclinado a las primeras aguas y volvía a encrespar cuando se enfrentaba a las piedras que entorpecían su camino.
El monte sonaba a vida apurada. La música de los insectos inflamaba el ambiente que, en cada compás, se hinchaba y parecía a punto de reventar su fina piel. El tono ronco de los animales señalaba la nota fundamental y era gravísima, envolvente. Algún gruñido amenazante se escuchaba no muy lejos de allí. ¿Un gato montés? ¿Un puma, acaso?
Ignacio Zudáñez partió con el machete la mecha en dos. Las observó. Cogió la parte más chica e intentó instalarla en el lugar original. El apuro y la prepotencia de Richar le enredaban los dedos. Gotas de sudor bajaban de su frente.
-¡Es para hoy, che! ¡Nada puedes vos!
-¡Reventá la otra! ¡De gana te enojas! -se defendió el niño.
-¡Mucha inutilidad! En la casa soy yo quien clava las ventanas, quien enrecta los clavos, quien amarra el grifo. Este necio señorito sólo sirve para leer Memín Pinguín, nada más. Por eso es que la profesora lo quiere.
-¡Ay, mamita! -exclamó Raúl-. Dile que a mí también me quiera un poquito.
De paso meneó las caderas.
-Mi padre trabaja y yo trabajo -protestó Richar-, Su madre cocina y éste se jala la pava mientras lee. ¡Qué vidita! De marica, diría.
Julián se carcajeaba muy contento mientras se sacaba el pantalón y las ojotas. Seguramente Raúl, y el mismo Richar, también se quitarían las ropas para zambullirse en las aguas. Si el reventón era certero, los pescados saldrían a flote y habría que arrojarlos a la laja antes de que la corriente se los llevara a prisa al sur. Si era una noche de suerte, el inmenso dorado, tan codiciado como el oro, emergería boquiabierto dando de coletazos. Habría que sujetarlo fuerte con todas las manos posibles, igualito que a un chapaco borracho acostumbrado a los trompazos.
-Su madre le fomenta, claro -continuó Richar-. Es inteligente, dice y le acaricia los cabellos. Sólo tiene cabeza. Sus manos pueden desaparecer y no importaría nada, porque no le sirven de nada, por supuesto. Sólo cuida de su cabeza.
Se carcajearon los muchachos. La ropa de uno se amontonó sobre la ropa del otro. Ya estaban prácticamente listos para lanzarse al agua.
-¡Me sirven, me sirven! -protestó Ignacio todavía manipulando con dificultad el cartucho y la mecha-. A vos no te sirve la cabeza, por eso casi te reprueban. Mi madre te salvó hablando con el director. Por un pelo no te has quedado en el mismo grado.
-¡Claro, como si a mí eso me importara! ¡Tu madre! Mi madrastra, quieres decir.
-¡A tu padre sí le importa! ¡Me lo ha dicho! ¡No quiere que seas tan burro como ha sido él mismo! ¡Eso dice!
Raúl frunció el ceño y apretó los dientes mirando a otro lado. Julián bajó la mirada y se sobó los brazos desnudos espantando zancudos.
Así estaban las cosas.
Richar elevó el cartucho de dinamita buscando la luz de la luna. No la halló. Los muchachos siguieron sus movimientos moviendo el cuello. El cielo parecía un abismo e insignificante la luz de las estrellas. De inmediato se desentendieron. Tampoco había tanto para ver. Una mecha y un cartucho de pólvora que volaría por los aires y reventaría justo antes de caer al agua.
-¡Vamos, vamos! -azuzó Raúl-. Se nos hace tarde.
Richar pareció contento. Hizo girar el cartucho entre sus dedos varias veces por sobre su cabeza y los muchachos pensaron que pronto encendería la mecha. Pero él más bien giró el cuerpo y enfrentó a Ignacio.
Le sonrió con la boca torcida.
-Te voy a permitir encender la mecha y arrojar la dinamita al río. No te puedes equivocar porque sólo tenemos dos cartuchos. Vení, marica. Vos le pones fuego a esta cola y esperas dos segundos hasta que se consuma a la mitad, y lo arrojas al río. ¿Estás temblando?
Raúl intercedió sobándose los brazos.
-¡Es muy niño, che! ¡Primero que crezca!
-Se lo arroja directo al agua, porque si lo tiras al cielo se apaga -dijo sin dar mayor importancia al consejo de su amigo-, Vení de una vez. Luego de arrojarlo te pones rápidamente de panza en la laja y te tapas los oídos. Aquí tienes el fósforo.
Julián se alejó del lugar muchos metros más de lo necesario. Raúl se rascó la barbilla mientras dudaba. En cambio Richar encajó los fósforos en la mano trémula de Ignacio y lo alentó con un seco movimiento de cabeza.
-¡Imagínate si lo haces bien! Esta misma noche yo se los cuento a tu madre y a mi padre. ¡Estarán orgullosos! ¡Por fin sabrán que eres hombre! Dale, ponte a trabajar.
Richar se retiró del lugar jalando del brazo a Raúl.
Un nuevo estertor del monte dejó escapar su tufo agrio. Ese diluvio había durado horas y después la humedad emergió de las profundidades de la tierra, y de todos los recovecos de las piedras, se desenrolló de las ramas retorcidas de tanto matorral espinoso, se resbaló por el lomo terso de tantas caraguatas y por fin se elevó a los aires limpios fatigando a pájaros de vivo color como a las flotadoras flores de pétalos de seda. En las casas trepó por las paredes, chorreó sin descanso en latas viejas y abolladas acomodadas en cada esquina. Escaló a los techos como los gatos negros y bajó convertida en agua sucia y espesa por los viejos alerones.
Se escurrió al río.
Se prendió con fuerza a la piel de los muchachos expectantes.
-¡Es la hora, Ignacio! ¡Encendé el fósforo!
Ignacio observó el cartucho y la mecha muy cerca a los ojos. Prendió el fósforo y advirtió la pequeñez de aquella cola que provocaría la muerte del dorado.
El fósforo se apagó.
Comenzó a traspirar de todo el cuerpo.
La enérgica voz de Richar pareció empujarlo al borde de la laja.
—¡No tenemos toda la noche, señorito! ¡Vamos, ya!
Apretó el cartucho contra su cuerpo con un brazo y buscó la manera de encender el fósforo con los temblorosos dedos de ambas manos. Lo hizo de un solo intento, sin embargo, y lo aproximó lentamente a la mecha.
-¡Dos segundos y lo arrojas al agua! -instruyó Raúl.
El susurro de Richar fue muy nítido para todos: -No lo confundas. A estas alturas, lo sabe o no lo sabe.
También se suspendió de hombros.
La mecha se encendió con un fugaz alboroto de colores y humo. En el acto, el pequeño fuego comenzó a correr hacia el cartucho. Ignacio abrió los ojos que pronto se le pusieron redondos y sintió la presión tirante en las comisuras. Observó el derrotero corto del fuego y su velocidad, y arrojó apresurado el cartucho al río.
Un estampido seco hizo volar el agua en una ola altísima que bañó la laja y paradójicamente sumió después al monte en un silencio de sepulcro.
Pasado un momento, algunas arañas cambiaron de refugio.
Algo más tarde, las cigarras frotaban sus patas.
Los tres muchachos se acercaron a Ignacio midiendo los pasos y con los ojos rebalsando de alegría.
-¡Caracho, eso ha estado bueno! -reconoció Richar.
Las ranas comenzaron a croar. Un ritmo acompasado se desató fluido en el monte con la música de sus bichos. Las mismas estrellas decidieron titilar.
-¡Muy bien, muy bien! -se alegró Raúl y jugueteó con los cabellos del niño.
Julián corrió tres pasos y se arrojó a las aguas bastante apuradas. Los otros dos amigos hicieron lo mismo dando de alaridos traviesos.
Ignacio se quedó sentado en la laja porque comenzó a temblar.
La dinamita pudo abrirle el pecho.
Un pescado que se estrelló en su frente lo sacó del ensimismamiento. Una brisa aún cálida, proveniente de los refucilos del horizonte, recorrió el lecho del río frotándose en las piedras menudas, enredándose en los espinos hambrientos, disolviéndose en las ramas caídas del sauce llorón.
La laja fue cubriéndose de pescados resbalosos, algunos coleteando aún y volviendo al agua previos golpes en las aristas de piedra pronunciada.
-¡Agárralos, caracho! -escuchó a Richar-, ¡Primero los matas y luego los resucitas! ¡Mételos a la bolsa, te digo!
El mismo Raúl pareció molestarse y trepó a la laja llevando consigo una nueva brisa que se le prendió a la piel erizada. Ya estaba algo más fría. Seguramente llovía en la cordillera del Aguarague porque las luces pálidas de los relámpagos parecían aserruchar aquél firmamento.
-¡Rápido, caracho! -le recriminó-. ¿Te has quedado dormido?
Ignacio lo escuchó con un zumbido en los oídos.
Se puso de pie todavía mareado para alzar los pescados y meterlos en la bolsa. Más de uno lo asustó con sus movimientos de acalambramiento y algún golpe con la cola.
Los vio boquiabiertos, jadeantes, con la mirada fija en sus ojos. La sangre manchando sus cuerpos. Las tripas aflorando. Se asustó.
-Métanlos ustedes, yo me voy.
Raúl se sorprendió y detuvo su faena.
-No lo eches a perder, chango -le dijo-. Haz hecho lo más difícil sin dudar. Ahora le toca a Richar el siguiente bombazo y tú te tiras de cabeza al río. Vamos a hacerlo, así nadie más te jode de “marica” en la vida.
También comenzó a soplar ligeramente el viento.
Alzaron los pescados y esperaron de pie que Richar y Julián nadaran contra la corriente de una distancia considerable. Unas manchas más claras que el lomo del río. Por fin se dibujaron sus cuerpos brillosos y luego sus rostros. Los dientes fosforescentes.
-Buena cosecha -dijo Richar-, Lástima que ni señales del dorado. No ha sido un bombazo con suerte. Me parece que esta noche no es la nuestra. ¿Nos vamos, che?
A Ignacio le pareció una gran idea y cambió de expresión, pero tanto Raúl, como Julián, quedaron algo decepcionados. Agacharon la cabeza en busca de sus ropas sin decir palabra.
Sin embargo Richar volvió a hablar desde la burla: -¡Miéchica, qué soldados que tengo! ¡Con ustedes perderíamos otra vez la guerra! ¡Se dice: nos quedamos un segundo bombazo, comandante, y punto! Si no aprenden a protestar les espera una vida de perros. ¡No saben cómo la madre de éste atropella a mi padre! Todo por no saber alzar la voz. Es un manso, mismo.
-¡Mentira! -reaccionó Ignacio-, ¡Cuando llega borracho quiere darle con el palo!
-¡Qué sabes vos! -protestó Richar-, ¡A mí quiere sonarme, que estoy dormido! Callá la boca y prepárate.
El aliento podrido del monte se disolvió merced al viento. Las ramas de los grandes árboles se mecieron hasta el crujido y luego comenzaron con el silbido agudo y lastimero. Pese a la oscuridad, se veía venir al viento con sus dientes de arena borlada de piedritas, doblar el recodo ancho del lecho y acelerar hacia el sauce llorón.
Seguramente iría a estrellarse en la cuesta de Castellón.
Los cuatro muchachos cerraron los ojos y la boca para no sufrir con la arena.
Ignacio dio un paso hacia atrás, involuntario.
Dieron vuelta sus cuerpos para seguir discutiendo.
-Ahora es mejor irnos -dijo Raúl-. Es peligroso encender dinamita si se tiene viento.
-Son tifones, son -alertó Julián y se apretó de hombros.
Richar se carcajeó. ¿Así que tenían temor del viento? Los señoritos y el niño se ponían a temblar por unas pobres ráfagas. ¿Acaso el viento hacía lo que quería? Ensalivó el índice derecho y lo elevó por sobre su cabeza sin dudar Repitió la maniobra y llegó a la misma conclusión.
-Estamos a favor del viento. A sus puestos.
De inmediato aprisionó el cartucho con el brazo izquierdo contra su cuerpo e intentó encender un fósforo en la concha cerrada de sus manos. No lo logró. Mascullando maldiciones decidió encender otro, pero tampoco pudo.
-Es peligroso, amigo -previno Raúl-. Estamos con mucho viento, pu. A mí me parece que mejor nos vamos Inclusive va a ser difícil encender el carbón. ¿Quieres pescar dorado? Eso rara vez ocurre. Tendrías que vivir al lado de los matacos, en el Pilcomayo. ¡Y eso! ¡Ni ellos lo conocen tanto! Es cuento lo que hablan.
-El dorado necesita aguas más quietas, necesita -ilustró Julián con la vista baja e inquieta-. ¡Cómo aquí pul ¡Ni que fuera cojudo! Estas aguas lo harían correr con la lengua afuera. El dorado es quieto porque es grande. Se apoya contra las piedras para descansar. De gana estamos aquí. Sólo vamos a sacar más de esta menudencia. Yo me voy yendo si ustedes no se mueven ahora.
Richar fue desechando de mala manera los palitos de fósforo. Como si fueran culpables de que el viento los apagara. Los maldecía y arrojaba a la laja o al mismo río. Pero, de todas formas, porfiaba.
Los otros dos muchachos comenzaron a vestirse cobijados en la mata de matorrales. El viento silbaba furibundo mientras recogía la piel del agua y la estrellaba contra lo que le salía al frente. El sauce llorón se balanceaba y por momentos parecía erguido, con las ramas prendidas contra su tronco. Pero cuando la ráfaga se iba, sus ramas se reacomodaban lamiendo el río, el cuerpo inclinado como una doña gorda lavando ropa entre las piedras de la ribera.
Ignacio dudaba sobre su decisión. Dos veces estuvo tentado de tomar el brazo de Richar y sacarlo de ese ensimismamiento que no le permitía oír a sus amigos. Pero no lo hizo por temor a su reacción. Entonces decidió ya irse trepando la laja hacia el zigzagueante sendero de víboras que conducía al pueblo, pero se desanimó pensando que él podía volver a tratarlo como a un niño.
Por eso se quedó dónde estaba viendo volar palitos de fósforo rotos en dos.
Julián pasó por su lado sin dirigirle ni una mirada. Trepó la laja con la espalda doblada, la bolsa de pescados en una mano como garra, los pies incrustándose en la piedra blanda y pujando bajito.
Raúl terminó de vestirse las ojotas y alzó la otra bolsa.
-¡Vamos, che, la puta! -vociferó-. Te entercas como mula, querido, y nos jodes la noche a todos. ¡Vamos de una vez! Con tanto pescado que ya tenemos van a comer hasta los vagos del pueblo.
Richar no contestó. Tampoco prestó atención. Continuó con la porfía de encender un fósforo pero no lo lograba.
Raúl se alzó de hombros y también comenzó a trepar la laja.
Una nueva ráfaga de viento se mostró más violenta Arrastró la arena como si fuera munición nutrida, la mezcló con las piedritas menudas y la arrojó, sin más, con violencia contra Richar e Ignacio parados en la laja. El niño trastabilló y cayó sentado. El otro muchacho se tambaleó y retrocedió un paso, pero terminó afirmándose con las piernas abiertas.
La ráfaga continuó su camino e intentó arrancar al sauce llorón con verdadera saña. Las ramas crujieron, las hojas volaron arrebatadas y todo el tronco se estremeció hasta las raíces.
-Me voy -dijo Ignacio, lloroso-. Les voy a contar a los papás todo lo que estás haciendo.
Se puso de pie apenas pudo y comenzó a trepar doblando la espalda y dando de sollozos sonoros. A los metros se detuvo para volver a insistir.
Richar porfiaba sin más mundo que la caja de fósforos
Y lo logró. La chispa se prendió a la mecha y el viento la aceleró.

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