Un veterinario revela lo que siente un perro antes de morir
Un veterinario revela lo que siente un perro antes de morir | pueden los perros sentir culpabilidad

11 Dudas Que Debes Aclarar Sobre Pueden Los Perros Sentir Culpabilidad

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Que trata de la condición y ejercicio del atribulado Narrador

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Hoy, después de pocos borrones y muchas cuentas nuevas, he decidido ponerle punto final a mi historia de adulterio con la pornografía. Aunque no lo hago con satisfacción ni mucho menos. Estoy obligado por las circunstancias. Cuando mi hijo crezca, voy a intentar explicárselo. Porque Dios, el furibundo, no castiga ni con palo ni con rejo. Castiga con el látigo de la verdad. Ahora que todas las horas vividas se me vinieron encima, he decidido romper el hielo y confesar cuáles fueron las razones para rasgarme las vestiduras. No sé si las tengo claras, pero creo que debo correr el riesgo de una vez por todas, protegido tras mi colección de pastillas tranquilizantes. He practicado el oficio de la escritura por muchos años, he coqueteado con las bellas artes y me he acostado con setenta y cuatro mujeres mal contadas, sin sumar argentinas. Pero nunca pensé (mucho menos, válgame Dios, lo imaginó mi numerosa familia) que terminaría ganándome la buena vida y la mala muerte condenado a confundir las alturas de la forma con los bajos fondos. Todas las páginas que siguen (ya sé cómo empiezo, no sé cuándo termine) se concentrarán en la narración sin censura de mi trasescena. Si todavía queda en el mundo alguna actriz que pueda sonrojarse con mis confesiones, le recomendaría que cerrara el libro. Ya no me alcanza el tiempo para las disculpas. Tenía las mejores intenciones con mis huellas por este valle de lágrimas, pero el demonio del mediodía decidió interponerse en mi camino y, lo que iba a ser dicha, terminó siendo desgracia, lo que comenzó con un futuro promisorio acabó en pequeña muerte, lo que se afinó como un blues concluyó en fatal música urbana. Así, mis estimados camaradas, les advierto que he escrito estas líneas para hacerlos felices y, al vivirlas, las padecí con creces. En la medida en que avancen, entenderán mi desgracia. Pero no perdamos el tiempo y pasemos a manteles.

La historia comienza de la manera más sencilla y, poco a poco, tiende a convertirse en pesada pesadilla. En primer término, debo decir que estudié en el Colegio Bergman de la ciudad de Lica, en Coolombia. Las palabras «Bergman», «Lica» y «Coolombia» ya tienen, de por sí, una trastienda de chistes flojos. Pero no creo que le hagan daño a nadie, así que el cobarde Narrador puede seguir sin arrepentimientos. Aclaro lo del colegio, porque allí empieza mi histeria. Empieza con una broma pesada de mis amigos. Los culpables de todos nuestros problemas futuros son los amigos del colegio. Y mis amigos del colegio me obligaron a la inmersión en la triste piscina de la pornografía, del balano a la banalidad. Nadie me había dicho que me mirara la entrepierna, hasta que me lo soplaron en segundo de bachillerato. Pero vamos por partes, porque no voy a echarles la culpa solo a mis amigos. La culpa, en realidad, es mía. Mía y de mi padre. Mía porque, con la información genética, no me quedaba más remedio que la izada de bandera y empezar a pensar en los cuerpos desnudos. Nunca lo quise. Hay otros temas, otras sombras. Pero, en materia de sexo, es el pene el que piensa. Penesamientos juveniles. En cuanto a mi padre, él es el directo responsable de la tragedia de mi biología, en primer lugar, y en segundo lugar, él fue el culpable de llevarme, por primera vez, a la mansión de Angelino. En esa época se llamaba a ese sitio sobrenatural una casa de citas. Nunca entendí el término, porque no era un lugar de rendez-vous, como dirían mis enemigos franceses, sino un antro lleno de luces de olores y colores, donde deambulaban mujeres para ser escogidas y cogidas. Yo tenía lo que en las novelas de iniciación llamaban «la edad de la pajita». Y mis recuerdos eróticos se remontaban a unas revistas que le comprábamos, con mi vecino Tavo, a oscuros personajes vendedores de dulces, dulces placeres en medio de una orgía de colombinas coolombianas. Todo el mundo tiene sus primeros recuerdos fantasmales de las imágenes de un coito y yo voy a reinventar la mía, ni más faltaba, ahora que intento hacer este recuerdo de mi agotadora experiencia escribiendo historias de cópulas. Me acuerdo de que mi vecino llamado Gustavo, Tavo, Viejo Tavo (en Lica, en esa época, todos los jóvenes eran, éramos viejos: viejo Tavo, viejo Juanca, viejo Sandro, viejo Pipe) me invitó, con infinito misterio, a que le ayudara con unas cuantas monedas para comprar una revista que, en realidad, se resumía en una sola foto. La tengo clara: era la imagen de una mujer, en blanco y negro, gordita ella, barbas en las axilas, riendo a carcajadas, encima de un hombre, cuyo rostro no se veía. La imagen se concentraba en el culo de la dama (de paso: odio todas las palabras que tienen que ver con el sexo: culo, teta, vagina, verga, chocha, senos, pinga, culear, garchar, arepa, chimba, todas esas palabras que Dios me prohibió sin necesidad de decirme que me las prohibía), el montículo de la dama, digo, en primer plano de mesetas y colinas sostenido por el tubo de un héroe anónimo, ella suspendida en el aire, los brazos abiertos, como alas, las piernas en desfogado desequilibrio, el pelo sin lavar, los extremos con pelos, los pelos enredados de su desconocida cuca, cuco cucarrón, ensartada en la esfinge de ese Egisto barbado, cumbre y abismo de mis aterradas curiosidades. Tavo me hizo darle la plata (esto, después caí en cuenta, lo acepté como un eufemismo coolombiano para hablar del dinero, otro eufemismo) y comprar esa simple foto, que, en su erecto momento, no era tan simple, sino una efigie, un estandarte, vera efigie, verga efigie. El señor de los dulces nos vendió la imagen y nos fuimos caminando, por la calle novena, la calle del pecado de Lica, escondiéndola entre las axilas de Tavo, entre mis axilas, hasta refugiarnos en una esquina donde podíamos mirar alelados, en silencio, la aparición de la culpa.

Debo recordarlo: yo estudiaba con sacerdotes, padres sin hijos, de la Compañía de Jesucristo Superestrella, que desde un principio fue, en mi caso, una mala compañía. Nunca pude acomodarme a la idea de aceptar sus contundentes reglas. Creo que mi conclusión, a posteriori, luego de haber visto la foto de la mujerzuela irrespetuosa, de la feliz empalada, fue la de un profundo respeto hacia la gimnasia del cuerpo, nadaísta sin saber nadar. Al mismo tiempo, experimenté un discreto asco. No he podido superar la sensación de considerar la cópula entre hombre y mujer, entre perro y perra, entre gato y avestruz, entre costeño y burro, entre ser y res, como un acto abyecto y violento. Le cogí miedo, con todas las connotaciones que el verbo coger tiene en el cono sur del continente suramericano: el coño sur, gracejo de cañería para los que vivimos en el norte de Suramérica. Por eso, cuando mi papá me invitó, a través de un amigo mío cómplice, a la casa de citas de Angelino en los recovecos secretos de la ciudad de Lica (luego conocida, en un juego tonto de palabras, como «la capital de la licantropía»), mi antigua ciudad de Lica, digo, solo tuve una reacción primaria: la del desacato. Sexo, ni por las putas. Traté de huir. Pero, como sucede en las novelas, una fuerza me detuvo y me obligó a ingresar en ese extraño templo sin ceremonia donde, a lo lejos, aullaba una canción de Los Galos que les encantaba a mis primas y que yo odiaba. Entramos mi padre, un antiguo camarada llamado Alberto (quien luego enloqueció: desde aquella época se vestía solo de azul) y un humilde servidor, futuro autor de novelas pornográficas, a quien a partir de ahora llamaremos Romerito, para no confundirlo con el autor de esta historia.

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Les tengo terror a los puntos aparte, así que el lector comenzará a perdonarme ahora, porque el viaje es largo y, de repente, la línea del horizonte lo fatiga. Intentaré no aburrirlo, aunque cuando la carne se hace verbo, nunca se sabe. Prosigamos. Sonaban Los Galos y mi padre, Alberto y Romerito entraron al castillo de Angelino. Un corredor oscuro de luz verde, varios caballeros alrededor de mesas redondas y, al fondo, coronada, una estatua de Buda con el vientre hecho pedazos por una herida de bala. Poco tiempo pasó para entender las razones del disparo: si usted, lector, soba la barriga de Siddharta, eso le traerá suerte eterna. Pero si a un mafioso de Lica le va mal, este se encargará de vengarse, no de venirse, disparándole a Gautama en la periferia de su ombligo, para que no se olvide jamás, profetica inmundo, quién es el dueño de las leyes de la Tierra. Romerito no hacía tantas cavilaciones en aquella época, temporada baja. Y supongo que tampoco la hacían ni mi progenitor ni el futuro esquizoide, el buen Alberto, quien cumplía sus oficios de cicerone. Nos sentamos alrededor de una de las mesas del establecimiento, pedimos el conocidísimo Aguardiente Coblan del Lleva que, para quien no lo conoce, le recomiendo que lo deguste: nunca volverá a ser el mismo: volverá a ser peor. Yo aún tenía el uniforme de la sección primaria del Colegio Bergman pegado en mi alma, pelitos recientes que me hacían cosquillas entre la gruta de Loyola y mis púrpuras huevos juveniles. Romerito, insisto, no se daba cuenta del complot de mi padre pero, poco a poco, me entregué a la idea de que debería sentirme feliz. Así lo hice, a pesar de mis nervios agripados. Alberto, el principito azul, se encargaba de la estrategia, mientras mi papá me hablaba de las notas del colegio, de la importancia de la música de Vivaldi, de lo sano que representaba ser un hombre de bien en el país del mal. Cuando menos lo pensé, no había tres viejas (a las mujeres también se las llama viejas en la confiancita coolombiana) sino una sola, sentada a nuestro lado. No hay tres lados en un círculo sino un eterno punto de encuentro y el punto de encuentro era mi presencia. La dama en cuestión llegó vestida de lentejuelas. Hermosa, por supuesto, nunca primeras partes fueron feas. Se llamaba Ángela y, por un tumbling dice que jamás abolirá el dolor, era el guardián custodio de Angelino (a quien nunca conocí: nunca existió para mí). Tenía la misma estatura de mi edad, su boca sonriente y se sabía la canción de Los Galos de memoria. Mujer gala. Ella ya conocía, supongo, el atentado contra la postración de mi prepucio, el virgo sus cipreses arranca en agonía. Se sentó a nuestro lado, que era mi lado, y después de un minuto de silencio, sin ninguna contemplación, me sacó a bailar. Recuerdo ahora que un historiador de la comarca, llamado Plumitas, sentenciaba: habitante de Lica que no sepa nadar ni bailar no es de Lica. Si esas eran las condiciones para ser de Lica, preferiría ser suizo. Me duermo bailando. Pero, en aquel entonces, a un padre nunca se le llevaba la contraria. En la piscina de mis nervios braceé hasta la pista con ella y sin esperanzas de huida me dejé llevar. Hay un solo corazón que llegaría al sacrificio por ti, gemían Los Galos en la cercana distancia, y Romerito miró a Ángela, Ángela miró a Romerito. Allí el cielo se hizo carne. De Los Galos se pasó a Sabú, de Sabú a Roberto Carlos, de Roberto Carlos a Camilo Sesto. Al menos, esos son los autores que rondan en mi cabeza. Todo el ambiente era de chicle. No había tiempo ni memoria para otros ritmos tropicales, porque Romerito era muy tímido y el encuentro con el sexo opuesto debería tener el placer y el rigor de una mala balada.

Ángela me miró con su sonrisa de labios verdes y me invitó a uno de los cuartos laterales. «Ya todo está pagado», me susurró al oído interno, susurro que no quería interrumpir la canción, ahora de Sabú: «Él o yo». Él o yo, que mis compañeros de colegio denominaban el hoyo. O sea, el hueco, el orificio y el hoyo, era el hueco, el orificio de Ángela: comencé a pensar, no con chicanería, como confiesan los que se atreven a contar su primera experiencia, sino con miedo. Mi duda tenía que ver con mi inmediata eficacia: ¿tendría yo toda la información suficiente para enfrentarme a lo que se me venía encima? ¿Sabría Romerito atravesar el hoyo negro? Ángela me tomó de la mano con ternura y Romerito no miró hacia atrás. Imaginó a su padre, conversando con Alberto, blue and lonesome, apurando un trago de aguardiente y haciéndose el desentendido, pero pensando en su patriótica labor de cumplir con el pago del desvirgue de su hijo, quedando con la conciencia tranquila de que Romerito no se fuese a desviar por el camino estrecho, ese tipo de peligros inaceptables que, en la prehistoria de Lica, resultaban siendo una auténtica amenaza. Romerito sintió la mano tibia de Ángela (por fortuna no era una mano helada: Romerito odiaba a la gente de sudores fríos). Ella lo llevó por un corredor de baldosas de ajedrez. Romerito, convertido en peón de la dama, hizo sus movimientos sumisos, observó un enroque corto en la distancia, evitó alfiles borrachos y caballos drogados, hasta que se preparó para el jaque mate, cuando Ángela entró a la habitación y cerró la puerta.

En las brumas de mis recuerdos está el cuarto al cual entró Romerito. La memoria es demasiado oscura y el humo del tiempo no deja que pase la claridad del deseo. Pero Romerito habría de recordar, con el correr de los siglos, que no estaba emocionado ni la ceremonia de la desnudez de Ángela le produjo el más mínimo placer. Romerito, por supuesto, fue víctima de una erección, porque el miedo es cómplice y le ayudó a convertir la duda en calambre. Donde hay un Bergman hay un caballero, era el lema y el dilema de mi colegio. El himno de su claustro decía, entre otras frases, que tú eres faro de la mente y clarín de excelsitud, que en ti cifra su victoria nuestra ardiente juventud. Romerito entendió, en aquel momento, cuando sintió su miembro enhiesto, que él era ahora falo de la mente, le obedeció a Ángela con su ardiente juventud cuando le recomendó que se quitara la ropa y pudo comprobar, a todo color, la desnudez de su pareja, ahora convertida en rival; entendió que dos cuerpos desnudos resultaban siendo dos combatientes dispuestos para un bonche desigual, la piel muy blanca de Ángela, su vacío, su pobreza escondida, sus pechos parados y el triángulo diabólico sin las bermudas de Ángela obligaron a que Romerito tuviese la tentación de salir corriendo y de dejarlo todo allí mal tirado. Pero no lo hice. Me acerqué con mi desnudez de catorce años y Ángela me recibió con cariño, Romerito acarició los dos brazos de su dama de ocasión y sintió, en ese momento, la evidencia del amor eterno. Yo quería casarme con Ángela, era la mujer perfecta, la versión a todo color de la valkiria equilibrista en la foto de Tavo, Romerito abrazó a Ángela y quiso llorar por culpa de una nueva tonadilla, ahora de Nino Bravo, mientras besaba los labios de colorete de su novia, sentía su piel en su piel, los dos ombligos mirándose a los ojos, las manos en las nalgas, la ruta inevitable hacia la cama revuelta, la emoción ante el vértigo de la levitación, Romerito se lanzó al mar de aguas profundas sin saber nadar, pero una constelación de pulpos y de peces se lo llevaron feliz, en medio de las carcajadas del burdel de Angelino, coro de borrachos en la distancia. Deberías besar a Ángela, mi buen Romerito, succionar su lengua y saborear sus ojos y su dentadura sin caries, calcular, como un buen torero, de qué manera ibas a entrar en la cueva, en su gruta que no era túnel sino una selva de pelos y sudores, Ángela tomó tu miembro con su mano derecha y, con sus uñas, se lo clavó tierna en su propio escondrijo. Romerito sintió un ligero remordimiento y un dolor, como un pellizco, por culpa del santo prepucio, aquello que no se pierde si no se es judío o mártir. El dolor, sin embargo, pasó a un segundo plano, para darle paso a un placer sin revancha. Ángela no sintió ningún cortocircuito, puesto que ella, como la profesora de Inglés del Colegio Bergman, debería estar concentrada en la educación del muchacho que se le chorrearía encima, del joven sin herramientas, sin clavo y sin martillo. Romerito comenzó a moverse con urgencia, pero su maestra le recomendó que hiciera las cosas con calma. Le pidió que utilizara un ritmo de dos por dos y que danzara, como las olas, yendo y viniendo para no agotarse. Romerito siguió sus consejos, pero no era feliz. Rezaba por sentir aquello que todos promocionaban como la máxima alegría, pero ni sus nalguitas temblorosas, ni sus vellos incipientes, ni su obelisco rosado fueron víctimas de la canción de la alegría. Romerito se olvidó entonces de las recomendaciones de Ángela y se decidió, más bien, por la desesperación. Se sacudió con ira, luego con angustia, por último con abierta ineficacia, hasta que Ángela no pudo más y le mintió que le había encantado su primera canción desesperada.

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Salí del cuarto de Ángela triunfante, porque sabía que ya había superado el problema. Mi papá y Alberto me brindaron un Aguardiente Coblan del Lleva y, para mis adentros, canté «como diana de victoria…», primera estrofa del himno de mi colegio. Por fin, ya podría decir que era un caballero Bergman. Pero Romerito no tuvo un orgasmo, ni una eyaculación precoz, ni mucho menos «se vino», como se denominaba en los recreos al último disparo de la batalla amorosa. No me vine porque estaba muy preocupado por ser feliz. Y la felicidad no se inventa, eso me lo dijo Ángela con sus ojos plateados. A mí no me importó. Creo que había salido de un inconveniente y debería darme por bien servido. En los días siguientes, me dediqué a contarle a Tavo una cópula ficticia donde Ángela reptaba por las paredes, gimiendo de placer, mientras yo me regaba una, dos, tres veces, encima de su vientre, adentro de su hoyo, en su oído interno. Tavo sabía de mis mentiras, pero las celebraba como las suyas y me confesaba que se había acostado con dos primas al mismo tiempo, que las había hecho llorar de dicha y que las había dejado amarradas una noche entera en la casita de los juguetes del patio trasero. El amor era un juego de competencias, como el fútbol, y todos nos prestábamos para narrar nuestros respectivos partidos. Creo que allí empezó mi interés por contar historias pornográficas. Porque nunca viví lo que contaba. Tan solo me exigía a fondo narrando acontecimientos imaginarios para que mis amigos del colegio gozaran la educación del asombro y de la envidia. Con el correr del tiempo, mis historias colindaron con el escándalo. Pero a mis amigos del colegio les encantaban las versiones retorcidas de Romerito. Yo solo había tenido la obligada experiencia con Ángela, pero a Ángela la volví mi heroína, la enredé en leyendas memorables, donde la penetraba por su socavón más estrecho y la hacía cantar rancheras con sus trompas de Falopio. Todas mis historias eran muy bien recibidas. Tiempo después comenzaron a llamarme Pipiloco.

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Y Pipiloco fue el seudónimo que utilicé cuando me vi obligado a escribir novelas pornográficas. Todo comenzó como comienzan los trabajos obligados. Mi contrato como profesor de Dramaturgia en la Universidad de Conforti había concluido. Me vi, de un momento a otro, mirando para el techo y fumándome todos los cigarrillos que no me había fumado en la adolescencia. Yo vivía con mi hijo, a quien llamaremos, para no molestarlo, Bastián. Bastián tenía doce años y, sin alardes, me adoraba. Pero Bastián, como suele suceder, también quería a su madre y su madre vivía lejos de nosotros, en un Toronto que para mí era sinónimo de lejanos rascacielos, de visas imposibles. Cuando perdí mi trabajo y entendí que ya estaba acercándome a la loca tristeza de los ancianos precoces, no volví a dormir nunca. Y Romerito no lo decía en sentido figurado. Nunca pudo pegar los ojos porque, cuando lo hacía, en la oscuridad efímera de su fracaso, sentía la muerte pisándole los talones y debía regresar a su estudio a mirar sin ganas la televisión apagada. Bastián y yo comíamos, al desayuno, al almuerzo y a la comida, huevos con arroz, y por casualidad, un par de tomates con azúcar. Pero me resistía a la horrorosa derrota de devolverle el hijo a su madre exitosa. Ella llamaba todos los días a preguntar por las cuentas de la luz y el teléfono y Bastián y yo le contestábamos con mentiras piadosas, porque Bastián era mi cómplice sin pedírselo y así nos habíamos acostumbrado a una rutina que se instaló en nuestro mundo para no morir ahogados. Hasta que un día se acabaron los huevos y se acabó el arroz, se acabaron los tomates y se acabó el azúcar. Bastián iba al colegio y yo me conformaba con patear piedritas en la ciudad de Tabogo, donde vivíamos, hasta el momento, sin problemas. Toda la mañana miraba hacia el cielo, recorría la silueta de las montañas, la capilla de los Cárpatos como la figura de un pesebre lejano, la silueta de la Lupe en el cerro de enfrente, el aire helado y triste de las mañanas, hasta que no podía más. Entonces me iba a la cafetería de la Universidad de Conforti a leer libros ya leídos, esperando que me cayera un pedazo de cielo en la cabeza. Y me cayó, gracias al honroso defecto que aún mantengo, el cual consiste en nunca poder decir que no.

Una tarde de lloviznas, dos horas antes de que Bastián regresara del colegio, salía de mi horrorosa rutina de desempleado, caminando por los bosquecillos de la Universidad de Conforti hacia los montes alados de Chapigay1, cuando me encontré con el cuerpo enorme de una antigua novia de los veinte años. La novia de Romerito decía llamarse ahora Nina y parecía sabérselas todas sobre la vida y sus derivados. Estudiaba música, o al menos eso decía, porque tiempo después llegué a la conclusión de que, en realidad, estaba entre los arbustos del campus con la única intención de encontrarse conmigo por casualidad. Nos saludamos felices y tuvimos tiempo de echarnos un polvo feroz en uno de los hoteles sin fachada de la costa oeste de la carrera séptica. Nina pagó la cuenta, subimos seis pisos, compramos un preservativo estriado y, luego de nuestros orgasmos de gimnasia olímpica, me preguntó a quemarropa si quería trabajar para ella. El sonido del verbo trabajar me hizo lubricar los bíceps.

—¿Qué debo hacer? —le pregunté, dispuesto a lo peor.

—Debes escribir, al mes, una novela pornográfica —me dijo Nina como si se estuviera burlando de Romerito, antes del segundo orgasmo, el imposible.

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¿Novelas pornográficas? Al instante, se me vino el alma al piso.

—Ya nadie escribe novelas pornográficas ni mucho menos la gente las lee. El ejercicio de la masturbación se ejerce frente a las pantallas de los computadores —le argumenté, empezando el negocio con un tiro en un pie.

—Eso ya lo sé, tontingo —me dijo con ternura. Pero en este mundo hay gente para todo. Aunque te parezca raro, formo parte de una cruzada que se resiste a la idea de que se acaben los libros que narren historias inmundas donde el sexo sea principio y fin. Estamos creando una red de lectores de novelas pornográficas, pero necesitamos autores. Aclaro que no estoy hablando de elegantes autores que escriban finas y delicadas historias eróticas para ejecutivos tristes. Me refiero a narraciones asquerosas, podridas, que nos ayuden a sacar el demonio feliz que todos llevamos por dentro. ¿Te le mides?

Me acordé de la Nina de veinticinco años que Romerito había conocido. Era una hembra sin tapujos, pantagruélica y desinhibida, que trabajaba en la producción de comerciales y devoraba libros, películas y hombres, de la misma forma en queengullía platos sin rigor culinario. Le perdí la pista sin fiesta de despedida, como les perdemos la pista a las amigas sin rumba fija. Ahora, ante ningún cálculo ni programación previa, el destino me la ponía en el camino para salvarme la vida. Pero ¿escribir novelas pornográficas? A otro perro con ese hueso. Cuando iba a preguntarle si me estaba mamando gallo2, Nina no me dio tiempo, mostrándome un fajo de billetes con el rostro grabado del caballero de las lágrimas.

los perros se pueden arrepentir - pueden los perros sentir culpabilidad
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—Son falsos, ¿verdad? —traté de bromear.

—Son de verdad. Y así te parezca que el escándalo ya no existe en esta época, te advierto que tu trabajo es muy peligroso. Necesitamos que las novelas sean podridas, que podamos convertirnos en una red de horrorosos depravados, que la policía nos levante orden de captura y que debamos jugar al sano ejercicio de la clandestinidad. Lo tomas o lo dejas.

Lo extraño de todo el asunto, si es que cabía algo más extraño que las circunstancias de esta historia, era la forma como Nina, más allá de la casualidad, me había encontrado. Debo recordar que, hacía un par de años, me había ganado un primer premio de un concurso local de literatura, con un relato intrascendente. El relato se había conocido en algunas revistas locales y se había esfumado en otra antología de relatos sobre la música en la literatura coolombiana. Pero Nina lo conocía y me lo comprobó citándome un par de párrafos para inflarme el ego.

—¿Te das cuenta? —dije, perezoso, derrotado—. Te acercaste al menos indicado: yo solo escribo sobre las bellas artes. Las bellas artes no incluyen la pornografía.

Pero, por lo visto, Nina estaba buscando a un profesional de la derrota. Y pensaba que Romerito era el indicado para llevar a feliz término su aventura. Romerito nunca había sido capaz de decepcionar a un antiguo amor y con Nina no se dio la excepción. Se guardó con discreción los billetes en su bolsillo del saco y le dio un beso a su salvadora.

—Trato hecho —suspiró, sellando su destino—. Prefiero escribir novelas pornográficas a tragarme cien condones con cocaína.

—Espero que sea casi lo mismo —le respondió Nina sin reírse—. El éxito de este negocio es que se convierta en algo perseguido por la justicia. Si las mamás se los leen a sus hijos antes de dormirse, estamos fritos.

Romerito pensó en Bastián y en las explicaciones que tendría que darle. A Romerito no le gustaba decirle mentiras a Bastián, pero en este caso no me quedaba más remedio. Mientras se arremolinaban los temores pensé, a su vez, que no podía enviarle la novela pornográfica a Nina por el correo electrónico, porque el anacronismo de su propuesta excluía todo tipo de artificios de la nueva época.

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—¿Me puedes decir, al menos, cuántos miembros conforman tu sociedad secreta? —le preguntó Romerito antes de despedirse.

—Somos muchos más de los que crees. No somos tantos lectores como los que navegan en la red profunda, pero esperamos ser más de mil en los próximos dos meses. Dos condiciones para nuestra sociedad secreta: no podemos nunca vernos las caras entre nosotros y no se recibirán personas con penurias económicas.

—Entonces, escogiste al escritor equivocado.

—Te escogimos precisamente por tu digna indigencia. A los escritores de éxito no les interesa la pornografía. Y, sobre todo, evitamos a los libretistas de televisión. No tienen tiempo para estos asuntos y todo parece indicar que ya no se les para.

Romerito no supo si sentirse halagado o mucho más triste de lo que ya estaba. A pesar del fajo de billetes que le rozaba el corazón desde el bolsillo de su chaqueta, no era un hombre feliz. Pero Nina me ayudó con el brillo de sus ojos y prometiéndome que el trabajo sería siempre bien pagado, solo con la condición de que hubiera regularidad y disciplina en mis entregas. No me pidió que le firmara ningún contrato, porque no podían quedar evidencias. Pero le encantaba que fuese un antiguo novio y de su propio terruño el que se le midiera a su aventura. No evité la tentación de aclararle que yo no me estaba metiendo en esta historia por placer sino por obligación. Preferí callarme. No había necesidad de subrayar lo que ya era obvio. Ya había fracasado como escritor de cuentos y novelas decentes. Ahora debería proponerme superar el desafío de escribir las peores historias indecentes. El problema, pensó Romerito, era que su escaso atractivo literario no residía en el hecho de inventarse grandes tramas. A mí lo que me gustaba era el juego con las palabras, la forma sin contenido. Pero no me iba a delatar, justo con la que estaba depositando en mi pluma toda su confianza. Yo no había sido un gran lector de novelas pornográficas, valga la verdad. Me costaba mucho trabajo pasar del lecho al dicho. Prefería, como todos mis contemporáneos, la obviedad de las imágenes fotografiadas, los cuerpos que se te vienen encima. Pero, una vez que me despedí de Nina, la cabeza se me comenzó a llenar de extrañas posiciones, de ejercicios precoces y eyaculaciones procaces. Con Nina habíamos llegado al acuerdo de que le entregaría mis resultados, protegido por un celoso seudónimo. Y Pipiloco fue mi mote, en homenaje a mis inicios como Narrador de historias colegiales del bajo vientre. No fui capaz de regañar a Bastián por sus notas escolares. Falso culpable. Le hice un par de recomendaciones amables y lo mandé a la cama, Serrat cansado, poco antes de que den las diez. Lo miré quedarse dormido, luego de leerle un par de páginas de una novela de extraterrestres. En el silencio del cuarto de Bastián, entre sus juguetes y sus afiches de vampiros, pensé en mi vida miserable y quise tirarlo todo por la borda. Pero la ventaja de una vida miserable es que ya no se puede tirar nada por la borda porque ya no hay nada que tirar. Así que volví a la ilusa rutina de creer interesantes los trabajos no deseados.

[continúa]

 
Anfiteatro (consolación de la pornografía)
Sandro Romero Rey
Alfaguara, 2019

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