16 Cosas Que No Sabías Sobre Perro De Agua Español Pelo Largo

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Por: Manolo Villota Benítez

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Cristian Calderón extiende la mano con cautela para saludar: “mucho gusto, soy veterinario del Instituto de Protección Animal”.  El frío mañanero hace que el apretón  dure un segundo. De inmediato  cruza los brazos para esconder los puños debajo de los bíceps. Me encuentro frente a un hombre delgado de facciones suaves y nariz aguileña. Usa gorra de béisbol, jean, chaqueta negra y zapatos deportivos. Tiene veintiocho años   pero carga un aire de señor, eso tal vez, por la formalidad con la que se expresa. 

Son las ocho y el cielo está nublado. Mientras esperamos el vehículo que nos recogerá en la puerta del edificio administrativo del Instituto Distrital de Bienestar y Protección Animal (Idpyba) en el norte de Bogotá, Cristian me cuenta que egresó de la Universidad de la Salle y que lleva más de dos años dentro de esta entidad. Pasados varios minutos, una camioneta blanca tipo pick up  sin platón estaciona frente a nosotros. 

Hoy, como todos los días, el escuadrón anti maltrato recorrerá las calles de la ciudad para cumplir su función. Cristian se cuelga el carné de funcionario, cambia su chaqueta por la oficial del distrito y toma una tabla sujeta papeles donde anotará pormenores de cada caso que encuentre esta mañana. Se adelanta y, al tiempo que abre la puerta del copiloto, me invita a subir en el asiento de atrás.

“Uno quisiera hacer más”, dice mientras el carro avanza entre un tráfico moderado. Sus palabras resumen la ardua labor que este equipo de veterinarios, conformado por siete personas, debe cumplir a diario y que en lo corrido de 2019 ha atendido más de mil quinientos animales.  Las denuncias llegan a la línea 123, al correo electrónico oficial y a través de Policía o Fiscalía. Ellos atienden las relativas a maltrato de animales que tengan dueño conocido. Los casos relacionados con callejeros, animales de granja o silvestres son competencia de otras unidades dentro del Idpyba.

Nos dirigimos hacia Barrios Unidos. La denuncia recibida alerta  sobre una casa que resguarda varios perros en malas condiciones. Cristian comenta que las personas, por lo usual, entienden maltrato exclusivamente como agresión física “lo primero que nos dicen cuando llegamos es: ¿dónde lo ve golpeado? Y uno encuentra que están atados, que llevan días sin agua y comida, o que están intimidados por los gritos; esas conductas también se consideran malos tratos”. 

 El reloj apunta las  nueve y treinta  de la mañana y el sol apenas asoma en el cielo gris. Mientras nos acercamos, el paisaje urbano cambia; surcamos calles angostas custodiadas por casas de colores que se intercalan con algunos locales comerciales. Aunque la dirección no es fácil de encontrar, gracias al apoyo que siempre brinda la oficina central a las unidades que están en campo, damos con el sitio: una vivienda de un piso. La fachada es de granito y el portón, blanco, está desvencijado. 

“Buenos días, ¿Qué necesita?”. 

Quien abre la puerta es un hombre mayor en bata. Camina con parsimonia y mal contados, tendrá  70 años. Cristian se identifica y explica el motivo de su llegada. Visiblemente confundido, el dueño de la casa, comenta que en el lugar no tienen perros y que no puede dejar  pasar a nadie para verificar. “Entiendo, sumercé”, responde con suavidad Cristian, “Pero le aviso que, si no podemos chequear el caso, tenemos que remitir por acta a la inspección de policía para que evalúen la situación”.

El joven veterinario me cuenta más adelante que esta advertencia facilita el trabajo del escuadrón en muchos casos, pues “la gente prefiere dejarnos pasar que entenderse luego con un inspector”. A pesar de haber sido informado, el hombre insiste en su negativa y accede a firmar el acta. De repente, una voz más joven retumba desde el fondo de la casa. Lo que no habría pasado de ser  otra visita rutinaria se convierte en un incidente:

“¡No firme nada, papá!”

Con velocidad, otro hombre asoma a la puerta. Es calvo, tiene tez blanca y aparenta unos cuarenta años. Se nota molesto y sus gestos, dramáticos y agresivos, hacen que Cristian de un paso atrás. “¿Cuál es el problema, hermano?, ¿Quiénes son ustedes?, aquí no tenemos perros”, dice mientras manotea en el aire. Por un momento, solo hay silencio. 

 El ciudadano vuelve a levantar  la voz mientras Cristian trata de razonar con él. A pesar del enojo, por un instante, se presta a escuchar la misma explicación que había recibido el padre minutos antes. La estrategia del diálogo parece surtir efecto, pero todo se desbarata cuando la palabra denuncia es pronunciada. El sujeto vuelve a estallar: “¿Quién nos denunció? ¡Le exijo que me dé un nombre!”.  

En esta ocasión, la cosa no pasa a mayores. Efectivamente, en la casa no tenían perros. La única mascota era un gato en buena condición. El episodio terminó y quedo sorprendido. El veterinario jamás perdió la compostura. Apenas subimos de nuevo al auto pregunto a Cristian si no se asustó en algún punto.

Con la serenidad de la rutina  me responde que no. De hecho, lo que presenciamos, se toma como una reacción menor, pero da cuenta de que ese tal vez es el problema más recurrente con el que deben lidiar en su día a día estos profesionales: la agresividad de la gente. “Las personas son complejas”, dice al tiempo que revisa la agenda de la mañana. El siguiente destino será la localidad de Fontibón y vamos retrasados.

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Mientras el carro retoma curso pienso en esa  frase y por lo que me dirán  más adelante entenderé que la palabra “compleja”,  queda corta para describir ciertas conductas de varios habitantes de la capital. Empezando por las falsas denuncias. “A veces los vecinos la tienen cazada entre ellos y para afectarse nos llaman a nosotros creyendo que vamos a llevarnos el animal del otro”, me explica y añade que las aprehensiones se hacen en casos extremos dónde la vida y la integridad de la mascota estén muy comprometidas y se hace con asistencia policial.

Según cifras, el Instituto, recibe mensualmente en promedio setenta llamadas falsas, entre bromas, percepciones equivocadas sobre lo que se configura como maltrato y las ya mencionadas rencillas vecinales. Es tal la “creatividad” de la gente que una vez les enviaron  audios de un perro sufriendo a través del correo. Cuando llegaron al lugar reportado, la dirección no existía. “Eso es una pérdida de tiempo y de recursos”, me dice Cristian. Sin embargo, no importa el número de veces que llamen o escriban, ellos deben atender cada caso.

Falta poco para las once de la mañana y el sol se vuelve a esconder tras las nubes; en su lugar, una fina llovizna, que no tardará más de veinte minutos, escolta nuestro recorrido. Desde donde estamos hasta el destino hay una distancia  considerable así que mi acompañante tiene tiempo de contarme un poco más de los absurdos que ha encontrado en su trabajo.

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 “El otro día fui a mirar  un caso que pedía atención para un  perrito enfermo. Llegué al lugar y el animal estaba sano. Claro, había sido que  la dueña quería deshacerse de él y pensaba que lo íbamos a cargar”, narra Cristian. El cuento terminó mal: descubierta la verdad, aquella mujer y el resto de su familia, atacaron al veterinario. Este tuvo que correr y protegerse dentro del carro. Mientras el vehículo encendía, una lluvia de patadas y puños se estrellaban  contra la carrocería y los vidrios. “Uno se expone a todo”. comenta.

 Llegamos a Fontibón y el frio arrecia. Según se ha reportado hay que visitar un inmueble donde están hacinados  varios Pitbull. La raza, según me cuenta Cristián, es muy popular en la ciudad pero también cuenta con varias restricciones, “entre otras cosas, no se puede reproducir sin un permiso especial”.  Llegamos a una casa empotrada dentro de un callejón muy angosto. La vivienda, a pesar de tener cuatro pisos, está sin terminar. El único color que tiene es el gris del cemento que  recubre la fachada. 

A diferencia del primer caso, esta resulta siendo una visita muy tranquila. Descubrimos que en el lugar solo habitan un pitbull y dos labradores que asoman la cabeza desde la terraza apenas escuchan el timbre.  Los signos de un perro feliz son evidentes y estos lo son. Apenas el dueño, un hombre joven y corpulento de no más de 30 años, abre la puerta, bajan corriendo a recibirnos amistosamente. Mueven la cola y emiten sonidos graves. Están buscando una caricia constante.  

Subimos para ver las condiciones en las que viven los animales. Arriba el aire es más frío aún. Cada tanto el silencio se rasga y el cielo es atravesado por el despegue de un avión. Se siente la cercanía con el aeropuerto El Dorado. El paisaje urbano despliega una colcha de retazos que no son otra cosa que techos de zinc dispuestos uno tras otro hasta donde la vista alcanza. En algunos patios descubiertos los niños juegan a la pelota entre la ropa tendida.

 A excepción de recomendaciones sobre limpiar periódicamente las heces de las mascotas, todo parece en orden. Cristian interroga al dueño y anota con juicio, hábitos de los perros, edades y otros datos que puedan ser útiles. Se programa una visita de control dentro de algunos meses y luego de veinte minutos y una despedida cordial estamos de nuevo en el auto dispuestos a arrancar.

Como en este caso hay muchas personas que solo necesitan pedagogía para criar mejor a sus mascotas. De ahí que el Instituto no solo emprende jornadas gratuitas de esterilización en diferentes partes de la ciudad, también tiene un programa de voluntariado con más de setecientos inscritos que apoyan temas como la adopción responsable, los hogares de paso y el trabajo con la comunidad para mejorar la convivencia y enseñar sobre el cuidado de los animales. Este programa ha llegado a la fecha a más de treinta mil personas.

Es la una de la tarde. Vamos de regreso al edificio administrativo del Instituto para el cambio de turno. El retorno se hace lento por la hora pico. La mañana, al parecer, fue amable. Cristian menciona que para ellos, más que recibir insultos, amenazas o hasta golpes de la gente, más que el desgaste de atender denuncias falsas, lo verdaderamente duro de su trabajo es ser testigos del maltrato animal. “Uno se aterra de lo inhumanas e indolentes que son algunas personas”.

Hace unos meses, me cuenta, llegó a una vivienda en el barrio Salitre de la localidad de Suba por una denuncia de vecinos del sector. En el lugar un hombre los aguardaba impasible. Inclusive, se alegró de que el escuadrón llegara: “ustedes son del distrito ¿No?, que bueno, allá atrás tengo unos perros para que les hagan la eutanasia”, fueron sus palabras. El tono de la voz fue tan natural que dejó al equipo sin palabras. 

Al desdeñoso recibimiento le siguió una  escena desgarradora. En el patio de la casa, atadas a un poste, dos hembras yacían acurrucadas en el piso. Eran pellejo y huesos. Apenas si levantaban la cabeza y, atemorizadas, rehuían al contacto humano. No tenían agua ni comida además de estar rodeadas por montones de heces acumuladas. Probablemente llevaban mucho tiempo así, tal vez años. 

“Me considero una persona fuerte, pero ese día me partí”, dice Cristián. Tiempo después, pude observar las fotos que tomaron para el expediente de aquel caso; en estas, una pitbull y una bulldog son desatadas y atendidas por los veterinarios del escuadrón. Ambas tienen laceraciones y tumores por todo el cuerpo. El agotamiento físico y mental se evidencia en la postura endeble de una y otra. La tristeza que proyectan los ojos es infinita; esas miradas dicen todo lo que la voz jamás podrá contar. Miran directamente a la cámara como preguntando por qué pasan estas cosas.

En dicho caso, como en los que se hace necesario, el equipo recibe acompañamiento de la policía para rescatar al animal. Debido a que tienen un dueño conocido se crea un acta y se inicia un proceso con el inspector de policía. Dependiendo de la severidad y de acuerdo a la ley 1774 de 2016, que regula estas conductas, las sanciones pueden ir desde multas de cinco salarios mínimos hasta  penas de prisión de treinta y seis meses. Por su parte,  los animales rescatados, muchos tienen un final feliz. Se rehabilitan en la Unidad de Cuidado Animal  que tiene el Instituto y se dan en adopción; otros por el contrario llegan tan lastimados que es imposible salvarles la vida. 

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En este trabajo  es común estar en contacto con el dolor, no solo de los animales, también de los dueños, pues muchos pierden a sus mascotas por la mala fe o la negligencia de terceros: “en alguna ocasión recuerdo que una señora llamó para que salváramos a su perro que lo habían atropellado. Alcanzamos a recogerlo, incluso llegamos a la clínica, pero ya no había nada que hacer”. La noticia la devastó. Cristian la consoló mientras salía del shock, “con aromática en mano la acompañé esa tarde. Escuché todo lo que tenía que decir. Estaba realmente triste”, dice.

 Mientras la camioneta vuelve a estacionar al frente del Instituto Cristian recalca: “Hay varias personas que no tienen educación para cuidar un animal y eso trae los peores problemas. Si ven que no tienen plata ni constancia no deberían asumir esa responsabilidad”, dice antes de bajar del auto y despedirse. Es hora de ir a almorzar. En unos minutos el equipo de tarde empezará un nuevo recorrido. 

Faltan diez minutos para las dos de la tarde. El día aún es gris  y un nuevo equipo, conformado por dos veterinarios, está listo para empezar otra ronda de visitas. El escuadrón rota por turnos a su gente para evitar agotarlos. Carol Gutiérrez y Tobías Plaza durante todo el viaje siempre se referirán el uno al otro, con amable solemnidad, como “el doctor Tobías” y “la doctora Carol”. La camioneta enciende motores. Mientras él se acomoda adelante, Carol y yo ocupamos los asientos traseros. Ella es delgada, tiene el pelo negro y largo, viste saco amarillo y jean; él es robusto, tiene  corte de pelo al ras, usa lentes y lleva una camisa azul con motivos de langosta. Ninguno ha cumplido treinta años aún. 

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En esta ocasión se une al grupo don Alberto Cardozo, hombre serio y conversador de cabello  blanco y ojos claros. Lleva más de dos décadas manejando y hoy, habiendo pasado los sesenta años, aún tiene bríos para conducir un vehículo. A diferencia del chofer  de la mañana, él se involucra más en la dinámica del recorrido. 

Mientras Carol saca de su mochila algunos caramelos que reparte entre todos, Tobías me comenta que antes de pertenecer al escuadrón anti crueldad, hizo parte durante un año del comando granja, otra unidad dentro del Idpyba, que como su nombre lo indica atiende caso de maltrato en las zonas rurales. 

Aparte de las dos mencionadas, el Instituto cuenta con otras siete líneas de acción que cubren varios aspectos de la protección animal, entre ellas están las urgencias veterinarias para animales de calle, los encargados del rescate de fauna silvestre y las brigadas de atención y esterilización por mencionar algunas.

 Nos dirigimos al barrio Santa Lucía en la localidad de Suba. La dirección, nuevamente, es difícil de encontrar, tanto que el conductor debe ayudarse del GPS de su celular. A medida que nos acercamos las calles se vuelven más angostas. Por un momento nos perdemos en un laberinto de casas, restaurantes, misceláneas y colegios abarrotados. El barullo del exterior se filtra a través de las ventanas entreabiertas de la camioneta y en un punto el camino nos lleva al borde de la ciudad, hasta llegar a un lote abandonado.

En la zona un grupo de recicladores están clasificando el material que han recogido por toda Bogotá. En una esquina cercana, hay un taller de latonería y pintura donde unos hombres trabajan arduamente en unas piezas metálicas. Algunos gatos callejeros juguetean entre sí y un fuerte olor a amoniaco satura el aire. Estacionamos, pero aún no llegamos al lugar exacto. Tobías decide salir a buscar a pie. Antes de bajar, don Alberto le señala la muñeca y advierte: “ojo con el reloj”; el veterinario, levantando los hombros como signo de despreocupación, le responde, “esto no vale nada”.

Mientras esperamos, Carol, quien lleva algo más de dos meses en la unidad, cuenta que, debido a su corta estancia, no ha sido testigo de casos extremos y aún no ha tenido que lidiar con gente violenta; no obstante, si le ha sorprendido ver mucho que las personas más cálidas y consideradas con los animales, son quienes tienen menos recursos. “Los habitantes de calle se hacen matar por ellos, los tienen muy bien cuidados. Son realmente sus compañeros de vida”, cuenta.

Pasados unos minutos, Tobías regresa y desde fuera del auto nos hace una señal indicando que halló el lugar. Caminamos dos cuadras y  llegamos a un parqueadero ilegal recientemente clausurado por el distrito. El sitio está rodeado por barreras de latón y la única puerta de acceso está asegurada con candado por lo que debemos introducirnos a través de una rendija. 

Se trata de un pitbull atigrado. Durante algún tiempo fue guardián del sitio cuando este funcionaba. Al verse en líos, el dueño del lugar, huyó  dejando atrás al animal.  Sus chillidos alertaron a la comunidad quienes lo movieron dentro del mismo lote a un rincón con techo. De ahí en adelante, son diferentes personas del sector las que a diario le dejan comida y agua para que no muera de hambre ni de sed. Debido a que no tiene dueño y nadie quiere hacerse cargo de él, Tobías telefonea al escuadrón que se encarga de animales de calle para que ellos se hagan cargo del caso. 

De improviso aparece una mujer mayor bastante preocupada. Es pequeña, anda encorvada y camina con dificultad. Casi no tiene  voz, y es difícil entenderle cuando habla. Su nombre es Carmen Fuertes y, según dice, es una jubilada que por muchos años trabajó cultivando flores a las afueras de Bogotá. Hoy, en un gesto de altruismo no solo vela por este perro sino por muchos otros animales de calle. 

“Una vez al día le traigo comida a él, y luego voy alimentar veinte gatos que están abandonados en otro lote; me toca pagarle a la dueña  del sitio cinco mil pesos para que me deje pasar y que no se mueran de hambre”, dice.  Ambos veterinarios la tranquilizan y le aseguran que pronto una nueva unidad llegará al punto para atender el caso. Subimos a la camioneta, pero, para mi sorpresa, aún no nos encaminamos hacia el siguiente destino; en su lugar, vamos hasta un pequeño supermercado. Ambos veterinarios bajan del auto y entran. Cuando regresan traen consigo un paquete grande de concentrado. Es para el perro, lo compraron de su bolsillo.

El gesto me parece interesante y le pregunto a don Alberto, el conductor, sobre hasta dónde llevan el compromiso por cumplir el deber. Él afirma que siempre es así. Donde sea que los llamen, a cualquier hora ellos van, “no importa si incluso arriesgan su seguridad en zonas complicadas”, dice. Aprovecha para contarme que incluso él ha tenido que sortear dichas situaciones. Una tarde, mientras esperaba que el escuadrón terminara una visita, unos delincuentes lo encañonaron y le robaron  la llanta de repuesto del vehículo. De ahí el nerviosismo que mostró hace unos minutos, “cuando andamos por zonas que se ven muy solitarias, me preocupo”, dice.

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También me contó el caso de un grupo del escuadrón de urgencias que fue asaltado en la localidad de San Cristóbal. Magda Adela Suárez veterinaria de aquel equipo me lo confirmó días después: “teníamos que atender el llamado por una gata que había sido atropellada en Rafael Uribe y además trasladábamos dos animales en mal estado en el vehículo. En una parada nos amenazaron y nos quitaron los celulares”, cuenta y añade “a uno lo que la empuja es el amor que se le tiene a esto”.

Luego de entregar el concentrado, Matías y Carol regresan al auto. Tenemos que ir pronto a revisar el siguiente caso dentro de la misma localidad, Suba. De hecho, según cifras del instituto esta zona de la ciudad es donde más reportes de maltrato animal se presentan. En lo corrido de 2019 se han denunciadomás de ciento noventa casos; en segundo lugar está la localidad de Kennedy con noventa y tres  y de tercera aparece Engativá con ochenta. 

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La tarde avanza, son casi las cuatro  y rodeamos parques  donde se ve gente paseando a sus mascotas o practicando algún  deporte. La presencia de más edificios de apartamentos da cuenta de que estamos en un área residencial. Llegamos a un conjunto y nos detenemos a una cuadra de distancia de la entrada. Al parecer, la situación amerita la presencia de un abogado. La entidad cuenta con un equipo jurídico que abre procesos en contra de los maltratadores y sigue su desarrollo hasta que haya un fallo.

Esperamos alrededor de media hora y un hombre, montado en una moto, se acerca al auto. Es el abogado Sergio Rico, un hombre afable de barba, cabello negro, saco beige y pantalón de paño. Nos anunciamos en recepción e inmediatamente nos dan paso al segundo piso donde se encuentran las oficinas administrativas. El complejo consta de varios edificios de apartamentos que comparten una zona verde. Pequeños caminos de concreto la atraviesan y conectan a los inmuebles entre sí.

Cuando llegamos a la oficina nos recibe el administrador. Es un hombre cortés que siempre está sonriendo. Usa gafas, jean y chaqueta impermeable. Tiene  voz de locutor: tan  resonante y clara que cuando habla  genera un fuerte eco en el espacio. Tomamos asiento y nos cuenta que el caso sucedió dos días atrás e involucra a una pareja que llevaba viviendo algunos meses en el barrio.

Sucedió en la madrugada. El hombre llegó borracho al apartamento y en ese estado despertó a su esposa. Ella, asustada por la agresividad con la que le hablaba, trató de calmarlo sin éxito. Lo que empezó como un cruce de palabras se convirtió en un forcejeo que la mujer estaba perdiendo.  La escena habría terminado como otro de tantos casos de violencia intrafamiliar que registra el país a diario de no ser por un tercer actor: Milo, el perro de la casa, que al ver lo que estaba pasando tomó partido por su dueña y se lanzó a defenderla. La ferocidad del animal por amparar a la mujer fue suficiente para hacer retroceder al agresor, sin embargo, este fue a la cocina, tomó un cuchillo y le encajó dos puñaladas en el lomo.

Debido al escándalo que suscitó la discusión, la noche terminó con la visita de la policía al lugar, Milo en urgencias veterinarias y el agresor vetado de la residencia. Mientras terminamos de escuchar la historia, noto que en algún momento llegaron a la oficina tres personas más que, al igual que nosotros, se ven aterradas por el relato. “El tipo le mintió a la policía y dijo que si apuñaló al perro fue porque  cuando quiso quitarle un hueso  este lo mordió”, dice nuestro anfitrión.

Mientras nos dirigimos al apartamento para revisar el estado de Milo, que por fortuna salió vivo del suceso, el abogado explica al administrador que dependiendo del estado del animal el caso puede ser sancionado desde con una multa hasta prisión. Minutos después él me explicaría que su labor es iniciar los procesos inmediatamente tienen conocimiento y pruebas suficientes.

 Hoy los animales gracias a la ley de maltrato, jurídicamente, son sujetos de derecho. Entre 2018 y 2019 el Instituto en coordinación con las inspecciones de policía han adelantado más de 258 proceso judiciales por maltrato animal. El gran problema, me explica el abogado Rico, es la congestión del sistema, y como es sabido,  la gran lentitud de la burocracia procesal. 

Escuchar un interrogatorio tan detallado al administrador del edificio mientras nos movemos a través de escaleras y ascensores, me recuerda que durante el trayecto, Tobías mencionó que es tanta la rigurosidad que ellos deben poner en cada caso que de alguna manera se sienten detectives ya que no solo tienen que analizar y descifrar los hechos. La gente siempre miente, quieren ocultar sus nombres, dan cédulas falsasm esconden a los animales. “Tenemos que fijarnos en los detalles. A veces dicen que no tienen mascota, que es mentira, pero la casa muestra evidencia de que no es así”.

Al final de un largo pasillo, en un tercer piso, se encuentra el apartamento que buscamos. Tobías golpea con fuerza la puerta hecha de hierro macizo y tres segundos después, unos fuertes ladridos nos reciben del otro lado. Es Milo quien por lo que nos cuenta el administrador está mucho mejor a pesar de que las heridas fueron considerables. De hecho, aún se pueden ver los rastros de sangre en una pared cercana como testimonio de lo sucedido. La dueña se encuentra fuera y hay que reprogramar la visita por lo que los veterinarios y el abogado levantan el acta correspondiente. La tarde casi termina y tenemos que volver. 

Es evidente el alivio en las caras del equipo al saber que el animal está bien. El caso no terminó como tantos otros. Lastimosamente, este no es un mundo amable con los animales. Por lo que me han contado estos médicos veterinarios y luego de repasar las noticias nacionales, el panorama es aterrador: quemados, baleados, violados, abandonados, torturados; todos los días estos seres tienen que padecer al hombre. “Uno tiene que tener fortaleza mental para soportar ver todo lo que ve. Esto es un cóctel de emociones. Cuando salvamos a un animal sentimos alegría, pero nos frustra y nos da rabia saber cómo sufren”, dice Matías. 

Desde la puesta en marcha del Idpyba, en 2017, el escuadrón anti maltrato, que todos los días recorre a Bogotá,  ha logrado atender y rescatar más de seis mil doscientos cincuenta  animales de compañía, una cifra remarcable para este grupo de jóvenes que a diario ponen el pecho para salvaguardar a los que no tienen voz propia.  La camioneta avanza en el regreso y pronto me despediré de mis acompañantes. 

Ninguno se ve agotado. La doctora Carol y el doctor Tobías empiezan a hablar de la vida, ríen y bromean entre sí. Al tiempo, se quitan la chaqueta oficial y se preparan para volver a sus casas. El crepúsculo pinta el horizonte bogotano de tonos naranja que se extinguen con la llegada de la noche. Ambos me recalcan que, a pesar de lo desafiante que puede llegar a ser, este trabajo les brinda enorme satisfacción. “Es gratificante. Podríamos tener un consultorio veterinario y estaría bien, atenderíamos pacientes, llevaríamos tratamientos, pero aquí, cada día, salvamos vidas”, concluye Tobías.

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