Cinco Razones Por Las Que No Deberías Ir A Perro Se Roba Un Peluche Por Tu Cuenta

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La Mariposa

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Seudónimo: Tatiana Mariposa

Por: Nikol Natalia Moreno Valbuena

En el barrio la Cumbre en Bucaramanga vivía una niña llamada Margarita que ayudaba a las personas drogadictas, tenía un poder de convertirse en una mariposa grande y de transformar a las personas para que dejaran de vivir en las drogas. Este poder se lo otorgó su abuelito, él era enfermero y ayudaba a las personas enfermas. Él también tenía el poder de cambiar la vida de las personas que habían tomado el camino de las drogas. Este poder era heredado de sus ancestros indígenas.

Margarita tenía una hermana mayor muy hermosa llamada Mariela, ella tenía el mismo poder, pero un drogadicto la contaminó y dejó de ser la misma. El abuelito le quitó el poder porque se volvió mala, entonces se lo dio a su hermana menor, Margarita.

Después de diez años las dos hermanas se encontraron en Metrolínea y la hermana menor le dio lastima ver a su hermana mayor en las drogas, en cambio Mariela al ver a su hermana no sintió nada, no le importó porque estaba rendida ante las drogas. Margarita que había desarrollado su poder, lanzó un rayo de mariposas alrededor de Mariela, las personas que estaban en el bus de Metrolínea gritaron porque miles de mariposas entraron por todos lados hasta por las ventanas del bus. La hermana mayor sintió miedo, pero le llegó el rayo hasta el cerebro y la hipnotizó, esto la hizo reaccionar, despertó de su ensueño y olvidó las drogas.

Mariela agradeció a su hermana menor, en cambio Margarita lloró mucho porque ya no tenía el poder heredado de su abuelo, ya que lo había utilizado todo en su hermana mayor, pero dios le dio el don de leer la mente por ser tan buena persona.

Después de tres años de felicidad el abuelito murió y volvió la tristeza en la vida de las dos hermanas, pero al fin y al cabo vivieron todos felices. La hermana menor y la mayor hacían un buen equipo mientras una leía la mente, la otra ayudaba a los drogadictos.

MARGARITA, EL BARRIO Y LA INDEPENDENCIA

Por: Manzanita

Érase una vez una niña muy bonita, con una cabellera espectacular, de color castaño oscuro, corto hasta los hombros, ojos cafés, pestañas muy largas, cejas grandes y nariz fina, muy educada. Esa niña soy yo, Margarita. Pero no sólo eso me hace especial, también que puedo ver cosas increíbles. Verán, desde que nos mudamos a Bucaramanga, veo cosas así: veo a Simón Bolívar, también a Policarpa, a Antonio Villavicencio, a los hermanos Morales, y a muchos personajes más, que estuvieron en la independencia. Pero, algo raro es que sólo yo puedo verlos. Y otra cosa rara es que oigo que alguien pide ayuda. Es como si en mi barrio estuviera pasando algo sobre la independencia, como si estas personas hubiesen quedado atrapadas por un hechizo en mi barrio.

Bueno, ha llegado mi tía Andrea con mis primos y mi tío, y trajo regalos. A mi hermana le trajo un unicornio. A mi otra hermana le trajo un bolso. A mi hermano unos audífonos, y a mi otro hermano un perro. A mí me trajo un libro, su título es: El barrio y los secretos de la independencia. ¡Huao! ¡Que título! Yo creo que voy a terminar de leerlo hasta el próximo año, porque es muy gordo…

Ha pasado una semana, ya llevo varías páginas leídas del libro, y voy en la mitad. Me lo acabaré muy pronto. En este libro dice que hay alguien, que es el elegido para salvar la independencia, y el nombre es Margarita….

– ¿Qué?, no soy yo, ¿cierto?

Y también el libro dice, que esa persona es la que está leyendo el libro.

– ¿Qué?, ¡soy yo!

Bueno, si soy yo, entonces la salvaré. Con razón escuchaba esas voces que pedían ayuda y veía a esos personajes. Alistaré manzanas y agua, y partiré….

El libro me ha llevado hasta una cañería, el libro me guía.

– ¡Ugh! ¡Que asco! Esta cañería es horrible, y tiene insectos.

– ¡Oh! Una joya, una joya gigante.

De la joya venían las voces que pedían ayuda.

– Haber, en el libro dice que la tengo que partir, tengo que partir la joya… Pero, que difícil es partirla…

Al fin logré partirla, algo explotó, y escuché que alguien me decía: ¡cuidado! De la joya salían personas, y al ver que salían, grité: ¡Ahhhh!

Entonces, una de las personas que estaba dentro de la joya, me preguntó:

– ¿Tú eres la que nos salvaste?

Y yo respondí:

– Sí.

– Gracias, me dijeron.

Y así, todos estos personajes pudieron volver a sus casas y a la mente de los colombianos que los habían olvidado. Y vivieron felices para siempre.

CARAM

Caram, ciudad de ricos y pobres, donde las colinas se levantan inaccesibles y en los profundos valles nunca se ha escuchado un ruido del hacha cortando un árbol. Con angostas y oscuras cañadas donde los árboles se levantan fugazmente ante la inmensidad de la noche.

Al norte se dejan ver innumerables cajas con forma arqueada, con caminos de piedra, donde el terreno se hace cada vez más escarpado y la vegetación va cerrando el sinuoso camino.

Por el contrario, en el sur, todo se ve dominado por las inmensas edificaciones, por los vehículos que van y vienen, por la gente que camina rumbo al trabajo, pero que en realidad divagan en el mundo, sin ningún propósito más que trabajar, comer y dormir. Dejando de lado las relaciones que se van perdiendo debido a todo lo que la ciudad les ofrece. Su vida no tiene sentido y en el intento de escapar de su realidad, terminan perdiéndose a sí mismos.

Hacia el este todo está perfectamente equilibrado, hay una armonía entre el hombre y la naturaleza. Los potentes edificios, las complejas calles y los lugares de diversión y entretenimiento son complementados por los bosques, las quebradas y los ríos; y por la gran cantidad de flora y fauna que posee este territorio.

La familia Manrique es reconocida tanto por el gran poder que tiene como por sus valores y principios.

Ubicados en un barrio al este de Caram, donde poseen una mansión en la cual vive María, José y Carolina, ésta última, una joven encantadora la cual es la única

heredera de lo que poseen sus padres. Ellos son ejemplo de unidad familiar y de humildad.

Una tarde de otoño en la que se encontraban disfrutando de una típica integración familiar, disfrutando de los juegos de mesa, películas e historias que contaban entre ellos, pasó lo impensable.

Hacia las siete de la noche tocaron a la puerta, en ese momento José se encontraba tocando el piano y el empleado de servicio se encontraba en la cocina, Carolina estaba sentada leyendo un libro, cuando el sonido de la mano golpeando la puerta hizo que interrumpiera su lectura para abrir. Su mamá estaba en el cuarto descansando de la tarde divertida que habían tenido. Carolina abrió la puerta, y en ese instante recordó lo que su madre le había dicho.

El funeral se dio al día siguiente, hacia las cuatro de la tarde. Todos los que habían conocido a la muchacha la recordaban como una joven alegre, traviesa y curiosa. Su parentesco con su madre era indiscutible, pero en realidad no tenía ninguna similitud con su padre. Poseía inocencia; con tan solo veinte años, todavía era una niña atrapada en el cuerpo de una mujer.

María, con cuarenta y seis años, se había conservado en buena figura. Sus caderas y sus pechos combinaban con sus ojos oscuros y su sonrisa enloquecedora. Pero todo esto se iría acabando, debido a la muerte de su hija, quedó completamente devastada, y el dolor que padeció fue el motivo principal por el cual se quitaría la vida unos cuantos días después.

No se supo con profundidad cómo sucedió la muerte de Carolina, lo único que se vio fue el tiro en el pecho que recibió de aquel asesino, que después de hacer su tarea se daría a la fuga.

Ante la muerte de su hija y de su esposa, José respondería de una manera un tanto extraña, pero esto se le daría crédito al fuerte estado emocional que tenía a su semblante un poco frio.

Los Gómez fueron los que más brindaron ayuda a José, en el momento en que éste más necesitaba de ellos. Habían llegado unos años después que los Manrique. Se habían instalado en el este de la ciudad en busca de buenos resultados para su empresa y con el paso del tiempo sus ingresos fueron aumentando y decidieron quedarse a vivir allí. Las dos familias llegaron a conocerse y formaron amistad, eran tan fuertes sus lazos que sus primogénitos llegaron a tener noviazgo de seis meses, que fue interrumpido por el suicidio del muchacho. Edgar se llamaba el hijo de los Gómez, era un gran joven, entusiasta, alegre y divertido. Su muerte fue muy extraña, pues él no tenía motivos para matarse. Carolina sufrió la partida de su novio más de lo que se imaginaba, pero por alguna casualidad del destino, no tardó mucho tiempo para que ella tomara el mismo rumbo que el de su novio.

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Edgar y Carolina vivieron muchas aventuras juntos y en esas conocieron a Carlos. Un hombre de la tercera edad cuyo trabajo, a pesar de la edad que tenía, radicaba en el campo. Los dos jóvenes compartían momentos con aquel hombre, después de que un día se lo hubieran encontrado en un río pescando.

Lo único propio que poseía Carlos era un gato negro que se había encontrado una noche de trabajo de camino al norte de la ciudad por aquellos caminos de piedra.

Carlos sufrió terriblemente la muerte de Carolina, como si fuera su propia hija. El día del entierro, la gente lo desconocía, pues este hombre no se dejaba ver mucho por la gente. El mismo padre de Carolina se sorprendió al verlo allí, pero no mostro ninguna señal de asombro cuando aquel hombre rompió a llorar al ver a su hija muerta.

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Cierta noche, Carlos se encontraba descansando en su pequeña chocita, cuando tocaron a su puerta. El viejo se estremeció pues no había recibido visitas hacía muchos años.

Al abrir la puerta se encontró con un hombre alto y robusto, de barba y bigote y con una mirada que penetraba en lo más profundo del ser. Era José.

-Buenas noches, Don Carlos.

Carlos tartamudeo al responder el saludo.

-Vengo a hablar con usted de unas cosas muy importantes.

-Claro-respondió Carlos un poco sorprendido- Pasé usted y tome asiento en mi humilde casita.

El ambiente era un poco tenso, la noche estaba estrellada y la luna resplandecía en la plataforma del cielo.

-¿Cómo fue su relación con mi hija?

-De lo más normal. Éramos amigos, junto con su novio.

-¿está seguro de que solo era su amiga? ¿No tenía algún otro parentesco más?

-Por supuesto que no.

-Don Carlos, ¿usted recuerda a una tal María Cevallos?

-¿Por qué la pregunta?

-Solo responda.

-Me suena, pero no me acuerdo-Respondió don Carlos un poco confundido.

-Pues bien, le diré quién es ella, ella fue su amante cuando yo estaba casado con ella, y esa noche de pasión que pasaron juntos se convirtió en un embarazo. Y Carolina era su hija.

Carlos quedo atónito ante aquella aclaración.

-Pero todo debe estar en su lugar. Así que usted hoy se reunirá con ellas, como la familia que debieron ser. Padre, madre e hija. Yo nunca iba a permitir que mi fortuna cayera en malas manos.

Horas más tarde el gato negro encontraba a su amo tendido en el suelo, bajo el reflejo de la melancólica luna, a la espera de que éste se levante.

EL SECRETO ESCONDIDO DE LA INDEPENDENCIA

Por: Marry

Hace muchos años, en Santafé de Bogotá, vivía una familia charaleña, de ascendencia Guane. La familia estaba cansada del gobierno español, y apoyaron, como mucha otra gente, la causa de la independencia colombiana.

Un día como cualquier otro, la familia fue a una cafetería y casualmente conocieron a los hermanos Morales. Comenzaron a hablar y finalmente llegaron al tema de la independencia. Los hermanos Morales le comentaron sobre la llegada de Antonio Villavicencio. De repente, al padre de la familia, llamado Luis, se le ocurrió una idea y dijo:

– ¡Debemos aprovechar esta ocasión!

– ¿A qué te refieres? Dijo Ana, la esposa de Luis.

– Podemos inventar una excusa para formar una revuelta. Le pediremos al señor González Llorente que nos preste un florero para realizarle una fiesta a Antonio Villavicencio; Llorente se negará y podremos armar una revuelta…

– ¡Claro! Dijo uno de los hermanos Morales. Deberíamos hacerlo un día de mercado… ¡El viernes 20 de julio de la siguiente semana!

– ¡Perfecto! Mencionó Liliana, la hija mayor de la familia.

Todo estaba planeado. La gente los apoyaría y seguramente ganarían. Pero, ocurrió algo inesperado. Un español había escuchado toda la conversación y estaba dispuesto a comentárselo al virrey, e impedir que el plan se realizará. El español fue entonces a contarle al virrey lo que había escuchado, cuando algo extraño

sucedió, un viento muy fuerte comenzó a soplar. El hombre se elevó por los aires, y en un abrir y cerrar de ojos apareció en España. ¿Qué ha pasado? Nadie lo sabe.

Llegó el esperado día. Los hermanos Morales estaban listos. La familia Charaleña estaba lista, todo era perfecto. Y sí, todo salió a la perfección. ¡Al fin eran independientes!.. Bueno, casi independientes…

Pasaron unos años y hubo una reconquista de los españoles por líos en Colombia. La familia de Ana y Luis decidió irse de viaje al Cañón del Chicamocha. De súbito, Luis, el padre de la familia, encontró una cueva. Todos se llenaron de curiosidad. Era ya el atardecer y el sol poniente iluminaba con fuerza la entrada de la cueva. Ana, la madre, dijo:

– Creo que hemos encontrado la tumba del antiguo cacique Guanentá.

Según la leyenda, la tumba del cacique quedó escondida y nadie la había podido encontrar.

– Así es. Se escuchó. Todos se estremecieron.

– No teman. Yo soy el Cacique Guanentá. Soy tu tatarabuelo Ana.

Ana no lo podía creer. Era descendiente Guane.

El Cacique los instó a hacer algo para independizarse por completo, porque los españoles estaban a punto de tomarse el poder pleno.

– Yo les ayudaré a lograr ese objetivo, pero deben mantenerlo en secreto, y jamás le cuenten a nadie donde está mi tumba…Dijo el Cacique.

Sin que lo esperasen, apareció tras el Cacique, un gran ejercito de soldados guanes, mujeres y niños también. Todos dispuestos a enfrentar a aquellos hombres que los habían matado. Dijo el cacique:

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– Un español escuchó vuestros planes del 20 de julio, y se los iba a arruinar. Pero nuestros espíritus lo alejaron llevándolo de regreso a España. Deben ir a Charalá, para el cuatro de agosto enfrentar a un refuerzo del ejército español, y así lograr nuestra independencia el siete de agosto en Boyacá.

Todos estaban listos. Sin embargo, sucedió algo inesperado. Unos españoles los capturaron camino a Charalá para fusilarlos. Estando en la cárcel, la familia pidió ayuda a los espíritus guanes. Media hora después hubo un fuerte temblor que derribó las celdas y una gran nube de polvo se levantó impidiendo que los españoles notaran el escape de la familia. Un viento fuerte sopló llevando a aquellos españoles a España, y a la familia de Ana y Luis a Charalá. Ya en Charalá, la familia le dio aviso a la gente sobre lo que deberían hacer para apoyar la independencia, y todos los lugareños los apoyaron.

Llegó el día de la batalla. Todos estaban angustiados. Los charaleños llegaron de madrugada al campamento español y comenzaron a combatir a los españoles. Eran cientos y cientos los españoles que había en aquel lugar, así que, los que no estaban heridos comenzaron a luchar contra los charaleños. Al comienzo, los patriotas iban ganando, pero luego los españoles tomaron el poder y mataron a trescientos charaleños, valientes y luchadores todos ellos. El pueblo se estaba dando por vencido. Los españoles estaban ganando. ¿Qué harían?…

Se escucharon entonces, un sin número de fuertes gritos y grandes tambores y flautas, que cada vez se acercaban más. Los españoles se estremecieron y detrás de los charaleños surgió un ejército de más de mil hombres y mujeres que venían a luchar, eran los espíritus de los ancestros guanes. Y así fue como pudieron lograr la independencia, pero no por completo, faltaba un último esfuerzo en Boyacá. La gente luchó junto a los espíritus guanes, que les daban fuerza. Fue de este modo que Colombia logró su independencia.

La familia de Ana y Luis agradeció a sus antepasados guanes, y todos vivieron felices porque al fin había llegado su libertad.

INOLVIDABLE DESPEDIDA

Por: Moi Torres T

Un salpicón de emociones me acompañaron aquel triste y largo Domingo, eran las 7 am, esperaba la señal que confirmaría mi partida. Con los nervios de punta y viendo a mi TIA ABUELA CRISTINA, como se paseaba de un lado a otro un poco intranquila, podía notar la desolación que la embargaba; Después de mi MADRE, es la persona que más me ama, lo confirmé allí en esos instantes de dolor. ELLA, tan linda, ya con 83 vueltas al sol, a pesar de su edad, siempre está atenta a las cosas de la casa; Un mal llamado diabetes la acompaña hace más de quince años, con todo y eso siempre se muestra agradecida con la vida, con la familia, con las personas; Ama a los animales y plantas, eso es lo que me hace admirarla.

Por otro lado, mi TIO ABUELO SANTOS, se asegura de que mi maleta esté lista, mis documentos, mi bolso de mano y que lleve unos cuantos pesos para lo que pueda necesitar. EL, con su mirada apagada por los años, sin necesidad de hablar me dice que todo va a estar bien y que será lo mejor para mí. YO, queriendo convencerme de ello, pero en realidad, una parte de mí se quería ir, la otra en cambio quería deshacer esa cruel e INOLVIDABLE DESPEDIDA. Me pregunto ¿para quien pudo ser más doloroso? Quizás para mi ABUELO MODESTO que no había mencionado, El en realidad es una de las personas más importantes de mi vida, no solo por parentesco, también porque considero que me ha enseñado muchas cosas, por ejemplo: A construir un carro de balineras, a atar los cordones de mis zapatos, entre otras. El, en medio de la arrogancia que lo caracteriza, siempre muestra su lado más amable para mí, lo dice y lo demuestra, siempre ha sido mi caballero de armadura, mi protector, también cómplice de este drama.

Corrieron los minutos, suena el teléfono, era la llamada de mi MADRE, su trabajo y la distancia impidieron que nos acompañáramos por un tiempo, eso era algo que estaba a punto de acabar. Debo reconocer que una Madre es irreemplazable, pues a pesar de los cuidados de mis abuelos y de mi padre, su lugar en mi corazón estaba reservado sólo para ella, sabía que volvería por mí. Así fue, estaba allí; Mi angelical Angélica, Ella, mi complemento, mi hoja guía, habíamos planeado este encuentro y a la vez despedida hace unos cuantos días sin imaginar lo que ocurriría en el momento del acto.

A tan sólo un momento de colgar tocan la puerta, no hubo necesidad de que anunciaran de quien se trataba, bastaba con sólo ver sus rostros, esos rostros que completan las figuras de personajes tan lindos e importantes para MI, quienes me han acompañado por varios amaneceres y anocheceres; Mi Tío, Mi Tía y Mi Abuelo, los tres corrieron a abrazarme; Yo como siempre, tratando de hacerme el fuerte, en realidad sentía como todo ese sentimiento se transformaba en partículas liquidas que salían de mis ojos de una forma inevitable, eran mis lágrimas.

Se acerca, la hora, el instante, ese que promete un nuevo cambio para mi bien. Por otro lado se encontraba mi PADRE GERARDO, quien había salido para el mercado como de costumbre los DOMINGOS, Ignoraba lo que sucedía en casa en ese momento pues tuvimos que planearlo sin su consentimiento, es algo complicado negociar con su carácter, sumado a la combinación de mi conducta y su personalidad que no hacían contraste, por el contrario, crearon muchas diferencias. Me hubiese gustado entenderle y que El también hubiese sabido lidiar con esta inquieta etapa de mi pre adolescencia, así somos los humanos; Imperfectos!

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Mi MADRE esperaba en un taxi por Mí, cada escalón que bajaba me acercaba más a Ella y me alejaba de mis otros, esos Seres que me acompañaron en muchos de mis lindos tiempos, media vida mía quedaba allí en ese lugar, hermoso lugar! Más desgarrador fue al voltear a verlos, Ellos, Los Tres, con sus ojos encharcados en lágrimas me veían desaparecer por aquellas calles del barrio LA CABRERA.

Al apagarse ya aquel día, siendo más de las 6 pm, tomamos el autobús que nos llevaría a la ciudad de BUCARAMANGA, donde se empieza ya a escribir una nueva historia, con nuevos rostros, creando nuevos recuerdos y nuevos amigos, al lado de mi MADRE, sobre saliendo en mis notas académicas en mi nuevo Colegio. Es así como debo seguir para tocar mis sueños y ser lo que quiero llegar a ser, ARQUITECTO, no sólo de mi vida, también de profesión y así poder devolver con intereses en vida a quienes me han apoyado, los mismos protagonistas de este cuento.

¡Saldremos adelante!

Documento de Identidad y Muerte

Hugo Nöel Santander Ferreira

A Alix Fuentes, Vda de Santander

Le pregunté al bisabuelo Rigoberto, alto, fornido, de amplias patillas grises, si había perdido su índice derecho durante sus años de matarife y al tiempo que negaba con un gesto me dijo que en sus años mozos las cédulas de ciudadanía registraban la filiación partidista de sus portadores. Así el liberal era rojo de por vida, y el conservador azul hasta su muerte. Cambiar de bando no era ni tan siquiera considerado una traición; era, simplemente, inaceptable.

Durante el gobierno de los liberales mi bisabuelo viajó con Elías, su hijo de tres años, al fondo de un autobús de Barichara a Bucaramanga.

A su costado iba Elvia de Jesús Gómez, matriarca liberal, amiga de su infancia y hasta entonces su rival política. Elvia era conocida por sus anchas caderas, que le habían entregado una prole de seis críos, y por su devoción a la Virgen del Carmen, a quien le había dedicado una capillita a las afueras del ancianato de Barichara. Corría el mes de marzo del año 1950 y ambos paisanos discutieron la guerra civil que ya se delineaba entre ambas facciones políticas a causa de oportunistas mandatarios que descubrían en la incitación al asesinato una mina de poder.

—Los más beneficiados por el asesinato de Gaitán —le dijo Elvia—, fueron Alberto Lleras Camargo y Laureano Gómez. Nunca antes un pueblo había apoyado a dos políticos con tanto fanatismo.

—Dicen que fue un joven comunista de apellido Castro el que quiso que se repitiera en Colombia el conflicto que desencadenó la muerte del archiduque

de Austria en Sarajevo —asintió mi abuelo—. Me lo dijo un amigo del asesino Roa, a quien subvencionaron tres noches de francachela en el hotel Tequendama.

— ¿Se refiere a la primera guerra mundial? ¿Usted cree que un joven alevoso haya jugado con nuestro país de esa manera?

—Todo se puede esperar de un colono cubano —asintió mi abuelo—. A esa edad los hombres son capaces de incendiar el universo por alcanzar una gota de poder. No dudo que las sábanas de satín y las mujeres de la vida alegre atraídas por los aposentos de los jóvenes participantes en la Conferencia Interamericana de Estudiantes, hayan enloquecido a aquel infeliz embolador de zapatos.

—Esas teorías conspiratorias son muy difíciles de creer. El pobre Roa terminó linchado; dudo que pueda corroborar su teoría.

Ambos manifestaban su preocupaciónón porque la violencia llegara a Barichara cuando, en las inmediaciones de San Gil, a orillas del río Suárez, un grupo de policías detuvo al conductor.

Un oficial entró y requirió su cédula de ciudadanía.

—Afuera —ordenó luego de haber estudiado a los pasajeros.

El conductor fue golpeado por tres policías, quienes, sin consideración por los niños recostados contra las ventanas, lo arrodillaron y le dispararon a plena luz del día. Mi bisabuelo reconoció en la víctima a un partidario de su facción. La operación se repitió con cada pasajero: cada conservador era inmolado, cada liberal era perdonado. Una arenga acompañaba la agonía de las víctimas. Quien oponía resistencia era herido en su estómago con un fusil. Cuando el gendarme preguntó a mi abuelo por sus papeles, Rigoberto abrió los ojos estupefacto:

— ¡No la tengo —exclamó—, pues los conservadores me la decomisaron en Barichara durante las últimas elecciones! ¡Qué viva el partido liberal!

— ¡Qué viva! —exclamo al unísono una multitud de pasajeros amedrentados.

Aquel jolgorio se tornó inapropiado a medida que los policías endurecieron su semblante. Luego de requisar sus ropas y sus pertenencias, un gendarme preguntó a la concurrencia si alguien podía corroborar su testimonio. Elvia Gómez se levantó y aseguró haber estado presente cuando los conservadores despojaron a Rigoberto de su cédula de ciudadanía.

—Nadie se atrevió a refutarla —dijo mi abuelo—, si bien tampoco nadie quiso respaldarla.

—Le daremos el beneficio de la duda —dijo altanero el jefe de los policías—. Espero que no lo esté encubriendo, Doña Elvia. La policía liberal la protege hoy, pero el ejército Chulavita no es tan comprensivo con liberales como usted.

Un pasajero calvo y quincuagenario de anchas espaldas y bigote ralo se ofreció para conducir el bus por el resto del trayecto. Sólo entonces mi abuelo trasbocó sobre el pasillo, ante los demás pasajeros, una masa de tinta, sangre, cuero y papel desgarrada.

— ¡Agua! —gimió débilmente.

— ¡La mascó y la engulló trozo por trozo! —exclamó una dama sexagenaria de rubicundos pómulos a la par que le ofrecía una cantimplora con aguardiente.

Dos semanas después el ejército Chulavita de los conservadores se tomaron el pueblo en horas de la madrugada.

—Pregunté por el comandante de la escuadra —tartamudeó mi abuelo a modo de confesión—, un Capitán Montoya. Le rogué que perdonara a Elvia Gómez, pero él hizo caso omiso, aduciendo que sus esbirros habían violado y ahorcado a dos curas y una monja.

—Debo vengar a los muertos de los altos de Pescadero—me dijo con aires de complicidad.

Sólo entonces reconocí al hombre calvo de bigote prusiano que nos había conducido desde el lugar de la masacre hasta Bucaramanga.

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— ¿Usted? —pregunté sorprendido.

—Todos tenemos derecho a fraguar argucias para salvarnos —asintió el Capitán Montoya—. El gobierno de Laureano Gómez me permite llevar dos cédulas.

Me retiré contrariado y espoleé mi caballo. Galopé con mi mayordomo hasta la casa de los Gómez. Allí vi a Elvia apuntando con un rifle a una banda de soldados de Sogamoso a través de su ventana.

— ¡No la ataquen! —dije levantando los brazos, a la par que el disparó una bala me destrozaba el dedo.

— ¿Ella disparó? —pregunté.

—No —dijo riendo complacido—; fue el Capitán Montoya, quien me había seguido sospechando mis intenciones. Pero el Chulavita se sintió tan apenado que mientras me atendían Elvia se dio a la fuga con su prole.

La nueva rocola

Por: Amatista

Íbamos pasando y lo primero que oímos fue Oriente de Henry Fiol. Decidimos entrar entonces. Subimos en un santiamén las escaleras y nos encontramos con la misma tiendita que conocíamos desde hacía varios años. La única tienda en el barrio que funciona extrañamente en un segundo piso.

Todo permanecía igual: las vitrinas de aluminio empañado con paquetes de papas y pan mohoso, los estantes de madera ruinosa donde permanecen impasibles unas botellas de brandy Cinco Estrellas y aguardiente Cristal, las mesitas de tres patas, las sillas Rimax con marcas de cigarrillos apagados y los cuadros empolvados, con publicidad antiquísima de algunos productos que ya no circulan en el mercado.

Todo era igual a como lo recordaba. De niño visitaba la tienda porque había una máquina de Poly Station que funcionaba con monedas de cincuenta pesos, pero desde que el día que la quitaron no volví más. Sin embargo, parecía como si el tiempo no pasara en aquel lugar, como si el discurrir de los años se hubiera congelado para siempre en esas cuatro paredes.

A decir verdad, no me sorprendió tanto este hecho. Lo único extraño y que nos asombró a nosotros fue la rocola luminosa que estaba dispuesta en uno de los rincones de la tienda. De ahí provenía la música que nos había convencido de entrar, a pesar de que no teníamos ganas ni mucha plata para bebernos unas cervezas.

—Hasta ayer me la trajeron—dijo Don Toño, el regente, mientras nosotros la mirábamos—. Me la dieron por una plata que me debían. ¿Qué les parece? Bonita, ¿cierto?

—Sí, vecino, para qué pero está bien bacana—respondí a la vez que me acercaba a inspeccionarla—. Con tal que no tenga tecnocumbias todo está bien, porque ahí sí se le llena este chuzo…. pero de ñeros.

Soltamos la risa y nos sentamos en una de las mesas. Pedimos dos Club Colombia bien heladas y nos pusimos a escuchar la canción que ya estaba por terminar. La voz gangosa y melancólica de Henry Fiol retumbaba y todo parecía tan triste, tan oscuro en esa tienda. Pensé que hacía falta un sitio así en el barrio, un lugar para alejarse de la cotidianidad y escuchar buena música y echarse unos tragos. Pensé que tal vez de ahí en adelante regresaría seguido.

La salsa se terminó y dio paso a un horrible narcocorrido. Entonces busque unas monedas en mi bolso y me dirigí a la rocola. Era en forma de guitarrón, con una pantalla mediana donde uno podía buscar y seleccionar las canciones, ya fuera por artistas o por géneros. Las luces que tenía alrededor relampagueaban e iluminaban brevemente las paredes de color rojo.

–¿Qué puso? —me preguntó Don Toño.

—Dos mil de pesos de pura salsa, salsa brava—respondí yo a la vez que pedía otra ronda de cervezas con la mano y regresaba a la mesa.

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La música empezó a sonar. Primero La Sitiera de Charanga Colonial, una versión en vivo de diez minutos donde improvisan de maravilla en el piano. Luego, El Cantante de Héctor Lavoe, que entonábamos a ratos mientras mirábamos a la gente pasar en la calle de abajo. Y así hasta que oscureció totalmente y nos dimos cuenta de que ya no sonaba salsa y no teníamos más plata para la rocola.

Don Toño nos siguió sirviendo cerveza hasta las ocho de la noche. Reunimos unos cuantos billetes arrugados y pagamos una parte de la deuda. Le dijimos que en esa semana le terminábamos de pagar, que nos apuntara en el cuaderno, que cualquier cosa sabía dónde vivíamos. Él hizo mala cara pero al fin dijo que sí, que no le quedáramos mal.

Como pudimos bajamos las escaleras y seguimos cada quién para su casa. Al otro día, ya sobrio, recordé la rocola de Don Toño y pensé que si seguía fiándole así a la gente del barrio, muy pronto tendría que venderla para no quedar en bancarrota.

LUNES DE DIFUNTOS

Por: RENZO ORLANDO GUTIÉRREZ RIVERA

En el cruce de la calle cuarenta y cinco, entre carreras doce y trece, al costado sur, frente al parque Romero queda el cementerio municipal de la ciudad de Bucaramanga. Siete éramos los integrantes de la banda, quienes, cada lunes a las dos de la tarde, sin importar que alumbrara el sol o cayera la lluvia, nos encontrábamos para desarrollar un particular oficio dentro del camposanto.

Allí, días atrás habíamos enterrado a la abuela. Lo recuerdo porque después de terminadas las honras fúnebres, nos desplazamos hacia la Última Lagrima, sobre la cuarenta y cinco, diagonal al parque. Mi padre y mis parientes procuraban, en aquella tienda, ahogar la pena bebiendo licor. En ese mismo lugar, observé otra gente, tal vez, en el mismo trance de mi familia, pero no los veía llorar, hablaban tonterías y reían. Solo esperaban que les gastaran la otra. A la vieja rocola, una y otra vez, le introducían monedas para escuchar la profética canción: «…suspirando porque un día como canta el trovero pueda dormirse por siempre frente a tu Parque Romero».

Agarrado a la reja republicana del cementerio, miraba el fin de la vida a lo profundo del lugar. Mis amigos y yo, los siete de calzón corto, con tirantes y cambiando muelas, cada lunes antes de ingresar debíamos escuchar el regaño de ‘padre y muy señor mío’ que nos regalaba Puerta: «Deben respetar a los muertos, no jugar con las veladoras ni con los restos, no gritar, no correr por los pasillos, cobrar los precios justos y, al finalizar la jornada guardar las escaleras en la bodega».

Corríamos en busca de las escaleras de madera. El problema era que solo había seis. Faltaba una escalera o sobraba un integrante. Cual gacel, siempre alcanzaba a apoderarme de una. De común acuerdo, quien no alcanzara escalera, se convertía en auxiliar y todos, al finalizar la tarde, le daríamos propina.

Tras nosotros entraba un grupo de enlutadas personas, que acudían a rezar, que pedían indulgencia por almas en pena; esas que necesitaban el valioso empujón para aligerar la subida al cielo o, por lo menos, mermarle a la candela del purgatorio; otros, ingresaban directamente a la capilla a orar e introducían una moneda de mínima denominación a manera de diezmo en el candelabro, se persignaban y al hablar lo hacían en susurro; unos más, revelaban afán y seguían en busca del sitio donde estuviera el pariente o el difunto a saludar o, tal vez, a certificar el deceso de alguien conocido.

Los siete guerreros nos dispersábamos por el ‘barrio los acostados’ como le decíamos en gracejo al sitio. Pregonábamos a viva voz: «limpio lápidas, corto flores, cambio agua de los floreros y adorno tumbas». Íbamos con la artillería necesaria para atender a los contritos clientes: un botellón de agua, un pequeño cuchillo de cocina sacado sin permiso de la casa y un par de trapos viejos.

A medida que iba pasando la tarde el sitio se congestionaba. El presbítero Gastón, de buena panza, siempre los lunes se veía apurado: a grandes zancadas avanzaba por el cementerio, seguido por un imberbe monaguillo, quien, con su botafumeiro, nimbaba el recorrido. Gastón, con fervor y misticismo, prodigaba letanías y bienaventuranzas frente a la tumba de un finado, decía unas palabras raras como si hiciera un conjuro y finalizaba su actuar bendiciendo con un par de latigazos deformes a manera de cruz.

Él rezaba y ellos rezaban con él.

Una vez le cancelaban los cinco pesos, los introducía en el bolsillo de su sotana y, con un gesto particular que al vuelo entendía el acólito, se retiraban en busca de otros apesadumbrados.

Por los mínimos ingresos obtenidos en mi oficio, alguna vez me atreví a soñar que podría ser presbítero, pero sabía que debería ser primero acólito. Entonces recordé las palabras de mi amigo Julián, el monaguillo, cuando le di a conocer mis sueños. Corroído de curiosidad, deslizando o arrastrando de manera continua el dedo pulgar sobre el índice le pregunté que si él ganaba dinero en este oficio. Él, de inmediato, arrugó la cara y con poco entusiasmo me dijo que: «En esto no se gana nada…, menos con Gastón». Sus palabras despedazaron mis sueños y decidí que era mejor seguir limpiando las lápidas de los muertos cada lunes.

La labor era sencilla y lo cumplía en cinco minutos. Debía subir con mis arreos y el esponjado ramo de flores. Limpiar y ornar la lápida para que el cliente, una vez terminado el trabajo, me cancelara la módica suma de cincuenta centavos; pero, era mejor demostrar esfuerzo, excepto cuando los rogantes estaban apremiados y, en ese caso daban más propina.

Algunos afligidos romeros me rapaban la escalerita para hacer ellos mi labor. Se justificaban diciendo que eran del cementerio y, por tanto, estaban para el uso de todo el mundo. No protestaba y así no recibiría ni sopapo ni coscorrón.

Las clientas más importantes, las que más me interesaban eran las señoras que tenían dificultad para aproximarse a la tumba del finado cuando estaba en lo más alto del panteón. Ya las conocía y estaba al acecho para ayudarlas. Las contratantes me pedían que golpeara la losa y que le dijera a Benito, a María, a Luisa o, como se llamara el finado, que en casa lo recordaban y que pronto estarían con él.

Un lunes me contrató una joven y gordita señora. Me entregó un esponjado ramo de flores. A medida que iba subiendo en busca de la tumba, espantaba unos alevosos moscos. Retiré las marchitas flores, las lancé al piso, limpié la lápida y puse el nuevo ramo. Destapé la pesada botella de agua, agregué al florero cantidad suficiente, volví a tapar y descendí. La señora me canceló los cincuenta centavos. A diferencia de las otras no envió saludos ni mensajes a los despojos; por el contrario, antes de retirarme, la dama con rígida convicción, de forma inesperada, cogió la escalera y subió los peldaños con dificultad. Alcanzó la exacta bóveda donde descansaba su amado Juan. En una acción hercúlea sostuve la escalera con mis dos manos. Desde abajo observaba. Ella, con su mano empuñada, golpeaba sin tregua la lápida en medio de sollozos. Era una escena de duelo. Repetía: «Mentiroso, mentiroso, mentiroso, sus esperanzas, sus promesas nunca dieron frutos. Lo suyo fue solo ilusión. Aún, después de muerto me hace sufrir…» Después de su vuelo, entre sollozos descendió. Me apoderé nuevamente de la escalera. Ella se perdió furtivamente entre los romeros visitantes.

Ese mismo lunes, una hora más tarde, mi compañero, el auxiliar, me alcanzó con un silbido y con una seña de mano me notificó que era solicitado en el panteón donde estaba la bóveda que había ornado a solicitud de la robusta señora. En un dos por tres llegué al sitio.

En el lugar estaba otra mujer, no madura, de rebozo blanco, que me colmó de preguntas; preguntas que no contesté inmediatamente. Exigía conocer quién había ordenado la limpieza. Aprovechando el apuro y sabiendo que no necesitaba mis servicios, antes de soltar palabra le dije: «vale setenta centavos». Sin regatear canceló. Una vez guardé la paga en mis bolsillos, sin aspaviento di una parrafada de detalles de la mujer gorda que me había contratado.

Durante la semana de ocio le conté a un tío de mis apegos el incidente y le pregunté cosas al respecto. Me descubrió. Me quitó la inocencia. Comprendí que entre el finado Juan y esas dos extrañas mujeres había un problema.

El lunes siguiente, dispuesto a repetir la historia, amaestrado como gallo fino, con la espuela lista, sabiendo que de manera exclusiva me contrataría alguna de las dos mujeres, subí los

precios. Ya había atendido dos o tres clientes. A las tres de la tarde, según mis cálculos, debía hacer ronda por el panteón del finado Juan. Cuando llegué al sitio metí un frenazo al ver a las dos señoras: la del rebozo blanco y la mujer gordita. Las dos se miraban desafiantes, no pestañeaban. Una trataba de sonreír, la otra estaba triste. Las miré, pero ninguna de las dos hizo intento alguno por contratarme. Lancé una miraba hacia el panteón. Quedé con la boca abierta. ¡La bóveda de don Juan Tenorio estaba vacía!

En la otra esquina, cerca al panteón, en silencio, una mujer que emanaba un agradable perfume, muy femenino, por cierto, con mirada de censura, devorada por un misterioso e inenarrable placer, todavía con aire de pesadumbre sonreía ante la postura de las dos señoras.

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Un cachorro se roba un muñeco de peluche y se hace viral ..
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Perrito enamorado se roba oso de peluche de una tienda (VIDEO) - perro se roba un peluche
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Perrito entra a una tienda y roba oso de peluche, ¿será para ..
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